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jueves, marzo 02, 2017

Disparen a Darío Adanti

Darío Adanti, ilustrador, dibujante y HUMORISTA, así, con mayúsculas, ya que así se define y etiqueta él mismo. Le costó encontrarse pero ya lo sabe, es humorista. Hace humor. 


"La sátira que no ofende no es sátira, sino crónica de actualidad"

Darío acaba de publicar "Disparen al humorista" un manual sobre el humor en formato cómic, cómo no, donde abordar temas tan traídos últimamente como los límites del humor, pero también temas como qué es el humor, la risa, la comicidad. Temas que entroncan con todas las disciplinas: psicología, filosofía, historia, lingüística...



Darío ha recopilado mil notas (nos enseñó algunas) de mil lecturas. Porque este apasionado del verbo y la agilidad mental es un veterano lector, un devorador de definiciones, disquisiciones, aproximaciones a todo y a nada. Porque Darío nos propone y levante el acelerador para volverlo a pisar. Ese relativismo, esa negación-afirmación nos hace ver en las páginas de "Disparen al humorista" una propuesta abierta a pensar antes de hablar en este mundo tuitealizado donde la opinión no llega a eructo de ideas y donde seguimos necesitando reflexión.

"Los hechos felices no necesitan del humor para poder afrontarlos"


"Disparen al humorista" es un libro que debería estar en las escuelas y al lado de cualquiera que quiera dedicarse al humor o se dedique ya (aun triunfando) si el ego le permite leer otros puntos de vista.

"Primer mandamiento del humor: Buscarás siempre el chiste" 

En este manual hay algo que pervive en el transcurso del relato, de los relatos. Porque siempre que nos expresamos decimos más de lo que queremos decir. Intuimos no sólo un ejercicio de exorcismo del miedo que produce que alguien te pueda matar sólo por dibujar, cosa presente en "Disparen..." sino también cierta pena porque eso sea así. La búsqueda de qué es el humor, de vincular la risa a lo más intrínseco de la naturaleza humana se antoja una necesidad de reivindicar que dejen en paz al humorista, de lamentar la sociedad y el sistema que aprieta siempre la línea del humor, la trinchera de los humoristas dejando otras sórdidas trincheras indemnes. 
"El pájaro en la mina"

También es una reflexión sobre la libertad y sobre cómo unos a un lado y otros al otro van con sus militantes dogmas presionándola. Da igual el "bando", el "lado", "el color": siempre enfrentado al humor.

En "Disparen al humorista" se pasa del Big Bang a una cáscara de plátano, de Mark Twain a Feynman, Hegel o Darwin; se explican chistes (¡lo que nos gusta un chiste explicado!), se baja a los infiernos y se deambula por cerebros. Todo de la mano del Sr. Cabeza Tostadora, Palito Bonardi, Fabricio y el propio Darío.

Lean y disfruten, pasen y vean, repasen y reflexionen. "Disparen al humorista". Necesario, revelador y placentero viaje al corazón del humor.

"Bienaventurados los que ríen: porque lo cómico los perseguirá"

...nosotros le perseguimos a él.


lunes, junio 20, 2016

Nos pasan por encima: El cómico y el arroz

El mundo de la comedia es como el arroz: puedes hacerlo como lo hacía tu abuela, echarle soja, comerlo de un día para otro (ya llevo la lista de 3 y debería parar pero...), que se agarre un poco, probar cómo queda con cilantro o esas mierdas de los restaurantes caros y fashions o hacerlo como te dice tu jefe, si eres cocinero o quieres entrar en ese famoso restaurante para convertirte en encargado de sala o chef con estrellas.

Da igual. La comedia, como el arroz, la puedes hacer como quieras. Lo importante es que se pueda comer. 

El mundo del stand up comedy, de eso de subirse a un escenario a pelo, con tu voz, tus pensamientos, tu escaleta en la cabeza y tu tripa dispuesta a ser abierta en canal es como todos esos arroces. Y si eres uno al que le gusta cocinar o más allá de eso quieres vivir de ello tienes que asumir una cosa: te van a pasar por encima. Tarde o temprano tu brillantez se convertirá en costumbrismo, tu comedia en pose y tus galones en harapos como paños de cocina que aportan más olor que limpieza.



Ser consciente ayuda a no morir de envidia, a alegrarse de los éxitos ajenos y a valorarlos en su justa medida. A veces es suerte, a veces sexo anal pero quizá haya que entender que sobre todo es trabajo. Dedicarle horas a tener presencia, a escribir, a probar, a viajar, a valorar lo que haces y a mejorarlo. 

Ver gente apenas conocida hace nada como Patricia Espejo pisando el escenario de El Club de la Comedia te llena de envidia y alegría, porque la has visto con los brackets puestos haciéndose su OpenMike en Paramount Comedy o a Eva Soriano hace nada defendiéndose de suegras-hecklers con su actitud profesional y sus manos de actriz. 

O ves a Miki Dkai en la gira con los grandes o a Dani Piqueras en Likes de #0 o Iggy Rubín de guionista de Buenafa o a Denny de estrella del canal Central o a Gabri Calzado en la cima del audiovisual y subiendo.

Ves a muchos que estaban ahí abajito, buscando, mirando, rodando por el suelo, que dirían los Leize. Y es un orgullo haber compartido escenario con ellos, cañas y críticas.  

Y vendrán más y más, como Edu Santamaría o Simó Martí desde Valencia, que harán tu comedia vieja y tus canas serán mimbres para su cesto de la ropa sucia. Nos pasan por encima. Sí.

El que crea que esto va de llevar más tiempo no sabe dónde se ha metido. Hay much@s cómic@s. Brillantes hay unos 10 o 12. No te pasan por encima. Eres tú, que estás en la toalla de Playa Comodidad, mirando Facebook para criticar y quejarte. Mirando los followers del de al lado sin pensar que lo mismo Twitter te quedó grande, como a los abuelos el GPS, que les hace coger vías de servicio y llegar más tarde.

Lo bonito aquí es seguir haciendo arroz, en un teatro para 400 personas y al día siguiente para 30 en un bar de barrio y escuchar las risas, ver las sonrisas y sentir los aplausos. Agradecer cada uno de esos plas! plas! que te hacen feliz. 

Lo bonito es que cuando alguien te esté pasando por encima le sonrías, alargues el brazo y le digas:
-¡Toma, para el camino! Un tupper de arroz.




viernes, febrero 12, 2016

El Cómico en el Punto de Mira

Subirse a un escenario no es fácil, aparecer en una pantalla de televisión tampoco, exponerse a la verborrea de las redes sociales, menos aún. Todo esto le pasa al cómico, que está siempre en el punto de mira. Esta semana se ha hecho visible que, además, al cómico le disparan.

La absurda acusación y tratamiento a los "títeres de Carmena" nos hace sentir miedo. El miedo como consecuencia del arma de los que no quieren ni oír hablar de la palabra humor, sátira, pastiche, parodia y todo lo que tenga que ver con esa primera línea que intentan siempre derribar los intolerantes. 

En esa primera línea están los dibujantes de Charlie Hebdo, los censurados y ya no vinculados de la revista El Jueves y también los famosos titiriteros. A esa primera línea se la dispara y luego viene todo lo demás.

Hay otro disparo para los cómicos, es el disparo que ejerce el éxito: Dani Rovira, cómico magnífico, chico genial, que cae bien a todo el mundo, que todo el mundo lo quiere en su escenario y ahora en su serie o película, militante de causas benéficas y que respira buen rollo por todos los poros, tampoco se libra de ese punto de mira. Y tanto disparo ha acabado con su buen ánimo. Y no es justo. 



No es justo porque los que vomitan su insidia, sin ningún tipo de pudor ni ironía o sarcasmo (algo de humor en la crítica ayuda a llevarla mejor) no saben lo que es estar ahí, en el punto de mira. Subirse a un escenario y convencer a la gente de que lo que vas a decir es interesante, que les va a dibujar una sonrisa y, en el mejor de los casos, les hará reír. Convencerles de que estás ahí para hacerles felices.

Hacer reír es muy difícil, si eres desconocido para el aforo que te espera sentado mientras come croquetas o mientras toma copas en la barra y cuchichea o grita directamente con su compadre de borrachera, más todavía. 

A veces tienes que actuar mientras tres o cuatro móviles están grabando todo lo que estás haciendo (es una batalla perdida). Te graban porque les gusta tu humor o para reírse de tu imagen descontextualizada fuera de esa experiencia que es el espectáculo en directo, nunca lo sabremos. 

A veces, tras luchar con unas condiciones adversas, notas además la indiferencia de los responsables del local, que recuerdan cómo aquel otro cómico lo petó, sin recordar que ese día estaba lleno el local, el micro funcionaba bien o aquel cuñado suyo faltón estaba ingresado y no vino a dar por el culo. 

A veces haces tu show y los insultos vienen luego, como le ha pasado a Patricia Sornosa con un bloque que tiene sobre los "vapeadores". Que hay que reconocer que a todos nos ha hecho gracia verlos en algún momento. Intolerables insultadores no vengáis a shows de humor y volved al tabaco, de verdad, os hará mejores personas.

En el fondo lo que nos pasa es que nos gusta más reírnos de alguien que con alguien. Funciona mejor el "soy feo, soy gordo, soy gilipollas" y que el público lerdo, el feo, el gordo, el gilipollas se ría sin piedad de mí y no de mi comedia. Tampoco hay que ir de prepotente cruel y decirle al público que es imbécil. Pero invitar a pensar que todos lo somos en algún momento, entrar en el juego de que todos somos iguales y que venimos a reírnos de la propia condición humana no parece una mala proposición.

Cuando eso ocurre, cuando el público acepta la invitación, todo brilla, como brillan los Fernando Moraño, Pepa Fernández, Miguel Lago, Louis C. K., Juan Carlos Córdoba, Patricia Sornosa, Óscar Guillén, Esther Gimeno, Amy Schumer, Denny Horror, Sarah Silverman y muchísim@s más...


Esta noche volveremos a hacer lo que nos gusta y también al punto de mira. ¡Sed buenos!





viernes, octubre 03, 2008

La Comunicación

Parece ser que al mismo tiempo que nuestro microprocesador ha aumentado su capacidad de trabajo, nuestro adsl de bajada-subida de archivos ".rar" y nuestras tarjetas gráficas de pintar dibujos animados con metralletas y puntos de vista subjetivos, ha aumentado nuestra capacidad de asimilar información y desparramarla ante el primer incauto cercano que nos encontramos.

O sea:
Por un lado vivimos una soledad sonora, que nos hace comunicarnos poco verbalmente en nuestra oficina (mucho por e-mail: "un saludo", "un abrazo", "buenas tardes"), en nuestra tienda (si entra poca gente) o en nuestra conserjería (si soy de los bien acoplados, manos en los huevos y mímica o monosílabos como expresiones más cercanas al Homo sapiens sapiens).
Y por otro lado vivimos encuentros breves de tiempo donde vaciamos un volquete de información sobre el primero que nos pregunta qué tal el día, o concreta más.



Lo sufrido de todo esto, es que el ochenta por ciento de las cosas que vertemos de esta manera es un simple drenaje fisiológico, nada interesante pero necesario de expulsar, emociones contenidas: sustos, humillaciones, arrebatos; comentarios sobre sucesos: noticias de prensa, rumores de pasillo, llamadas inoportunas; o preguntas existenciales: ¿qué hago en esta puta oficina?, ¿por qué no hice la oposición?, ¿me iré a vivir a Cádiz?
Todo esto, que se va acumulando a lo largo del día o la semana y que sacamos fuera como si de un huracán con nombre inocente se tratara: "Voy a hablaros de El Niño".

Pero nos pasa a todos, por lo que la comunicación se resume en esperar a que el otro termine para echar lo nuestro a modo de vomitera interminable.

A veces, las más, esta incomunicación suele tener un tercer elemento que, a modo de moderador, interviene en ésta: El televisor.
Así, es normal estar hablando con alguien y que éste, de reojo, eche una visual para ver si hace una palabra de nueve letras en el concurso "sobremesino" o intente comprobar si el tiempo que va a hacer en la cornisa cantábrica afectará en su paseo matutino y manchego del domingo.
La propia televisión alimenta esta nueva forma de comunicación, con los contertulios llenándose de nódulos las cuerdas vocales por decir alguna gilipollez que aumente el share del programa y lo vuelvan a llamar, sin importar argumentos ni informaciones que no vengan de su propia disociada sinapsis.

Otras veces es la ropa de alguien que pasa tras nuestro interlocutor o un canasto de kikos gordos que se cae al suelo, cualquier cosa antes que atender a lo que nos están contando.

Luego nuestros mayores o cualquier individuo con responsabilidad progenitora, se echa las manos a la cabeza viendo a los suyos pasearse con unos auriculares pegados a las orejas durante toda la jornada social. Sin percatarse que la actividad es similar a la que hacen ellos: no escuchar a los que hay en su entorno.

Ahora que lo pienso, puede que lo de acumular más información sea algo de estos nuevos tiempos, pero lo de escuchar me da que desde Altamira.



La respiración contenida

De un día para otro vino la hostia y cortó la respiración. Un virus malo, malísimo, llega, se expande, mata, colapsa. De un día para ot...