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lunes, agosto 13, 2018

¡Hasta el lunes Cordobita!

Escribo esto para mí, porque lo necesito y porque necesito hacer público lo que supone este tío en mi vida. Juan Carlos Córdoba abandonó este mundo lleno de proyectos, ilusiones y felicidad. Y lo hizo de forma repentina e injusta (lo repentino siempre está peleado con la justicia).



Este último año, como compañero y amigo, establecí con Cordobita un vínculo que continúa ahora y para siempre, un canal de comunicación y cariño como nunca había tenido en el mundo del guión, la comedia, la risa.

Todos los recuerdos que tengo con Córdoba son recuerdos felices. Su media sonrisa picarona y esa mirada de "qué bien me lo paso aquí en esto de la vida" nunca podían llevarte al mal humor.

Nos conocimos en el último nivel del curso de Stand Up Comedy que daba Luismi en la Garibaldi de Madrid; era 2010. Y creo que nos caímos bien al instante. Él andaba ya con Joseba compartiendo bolos mientras preparaban una hora para ir solos. Y aprovechaban la reunión de cómicos para contar las anécdotas que les pasaban. Te partías. La tiraba y luego te miraba a ver si había calado la gracia. 

Apostó por mí como nadie. Siempre tuvimos un rollo especial. Recuerdo cuando me dijo por Facebook que era al único al que permitía que le etiquetara donde me saliera del rabo (podéis buscarlo, por ahí anda su comentario). O cuando en una prueba para Paramount Comedy en la Joy Eslava de Madrid, allá por 2012, donde coincidí con nuestro queridísimo Raúl Navareño, él dijo: "Yo he venido a ver al heavy" (había ido a ver al Nava). Unos meses antes, en 2011, había sido al revés: fue su primera grabación para el canal. Lo reventó el muy cabrón y luego nos invitó a unos cuantos a cenar algo.

Coincidimos en algunas movidas, aunque no nos veíamos mucho. Cada uno con sus bolos por aquí y por allá. Como en aquel concurso de la cadena SER, en el que estábamos ciento y la madre de cómicos y que ganó. "No me lo merezco. No he sido el mejor". Y luego se pagó "unos pelotis". 

Él era así. No se casaba con nadie y te soltaba lo que fuera tal cual. Con la misma facilidad verbal con la que tiraba sus chistes, sus zascas y sus comentarios graciosos siempre que le tenías delante. Una máquina de hacer reír, eso es lo que era.

Me regaló su libro "Ni pies ni cabeza". "Otro día te lo dedico, que no tengo boli". Y así se quedó la novela, sin rúbrica. Me lo leí y por ahí hice una reseña. "Escribes muy bien", me decía. Curioso al menos. Él. Que lo hacía todo, todo guay y siempre antes que yo.

Un tío con un corazón enorme. Cada vez que nos veíamos siempre se interesaba en qué punto estaba mi carrera y cómo echarme una mano. Uno de los peores fines de semana de mi vida me fui a presentarle a La Chocita del Loro de Hermosilla y luego nos tomamos unas cañas. ¡Qué a gusto está uno con Córdoba!, pensé.

En septiembre de 2016 coincidimos en Talavera, en un evento benéfico para la Fundación Gomaespuma. Me escribió unos días antes: "Tío jevi. El 11 nos vemos!!". Y aprovechó la ocasión para prometerme algún contacto. "Porque te quiero", me decía. A mí se me abría el alma, claro.

Cuando le pillaron para el programa "El Intermedio" me alegré un montón y se lo hice saber. Llegué a hacer una foto a la pantalla de la tele cuando al final salía su nombre y se la envié. "Uhalaaaa no sabía ni que salía en los créditos jajaja", me contestó. Muy grande este Córdoba.

El año pasado el que estaba en proceso de entrar en "El Intermedio" era yo. No le dije nada, se enteró un día antes de que enviara la prueba, cuando nos vimos por casualidad en el Beer Station: local de comedia, fingers de pollo y encuentro de humoristas. Cuando fui a hacer la entrevista me dijo: "Te van a coger. Me jodería equivocarme". Y me cogieron. Fue al primero al que le envié un whatsapp y me contestó: "Me he emocionado". Así era él.

No paró de ayudarme. Desde el primer día con el "¡ese heavy!" con el que me daba los "buenos días" y que se convirtió en mi sobrenombre en toda la redacción. "Heavy" para todo. También me regaló toda una suerte de salidas: "Te como lo negro. En tu caso la camiseta de los Kiss", "qué hijoputa", "eres muuuy bueno". Y yo siempre: ¡Gracias Cordo, gracias Cordobita! Era genial estar y trabajar con él.

Si de algo me alegro entre tanta tristeza es de no haberme quedado sin decirle mil veces "gracias". "Lo hago porque eres mi colega", me decía, como quitándole importancia. Comimos cocido juntos, estuvo en mi autofiesta-aniversario en la comedia, fui a su último cumple, y le despedí  entre lágrimas rodeado de gente y con algo dentro que todavía no me deja encajar la ausencia. Amigos, compañeros, familiares y todos, además, fans de Córdoba. Sí: eso lo consiguen pocos.

Nos ha dejado tocados: a los que tenemos ya goteras y a los púberes. Todo ha hecho crack y sabemos que ya nada es igual. Ahora los kilómetros y la fiesta, los textos y retextos, los pinchazos y los egos tendrán un ruido de fondo, un eco que recuerde el enorme lugar que ha ocupado.

En una de nuestras conversaciones le comentaba que me hacía gracia que entre los cómicos muchos se llamaban "hermanos": "tal es mi hermano", "el otro es mi hermano", "Pepito Pérez es mi hermano". Y que a mí me parecía un poco mierda. Le decía: "Yo en el mundo de la comedia tengo colegas, que les quiero mucho, pero no son mis hermanos. Hermanos ya tengo muchos, no me hacen falta más". Y él se reía con esa risa que tenía de pasárselo de puta madre. Pues me equivoqué, Córdoba, Hermano.

¿Quién me va a decir ahora "ese jebiiii"? ¿Quién me va a cuidar cuando esté de bajón? Y, sobre todo, ¿quién va a retuitear ahora las tonterías que escribo? ;)

Dejamos pendiente el show matinal en el Beer para contar a los niños lo que los padres no se atreven a explicarles. Sólo creamos el grupo de whatsapp con el Nava. Todo se andará. Los que nos quedamos intentaremos ser felices por ti y, recordando tus chistakos, también gracias a ti.

¡Hasta el lunes Cordobita!




lunes, junio 20, 2016

Nos pasan por encima: El cómico y el arroz

El mundo de la comedia es como el arroz: puedes hacerlo como lo hacía tu abuela, echarle soja, comerlo de un día para otro (ya llevo la lista de 3 y debería parar pero...), que se agarre un poco, probar cómo queda con cilantro o esas mierdas de los restaurantes caros y fashions o hacerlo como te dice tu jefe, si eres cocinero o quieres entrar en ese famoso restaurante para convertirte en encargado de sala o chef con estrellas.

Da igual. La comedia, como el arroz, la puedes hacer como quieras. Lo importante es que se pueda comer. 

El mundo del stand up comedy, de eso de subirse a un escenario a pelo, con tu voz, tus pensamientos, tu escaleta en la cabeza y tu tripa dispuesta a ser abierta en canal es como todos esos arroces. Y si eres uno al que le gusta cocinar o más allá de eso quieres vivir de ello tienes que asumir una cosa: te van a pasar por encima. Tarde o temprano tu brillantez se convertirá en costumbrismo, tu comedia en pose y tus galones en harapos como paños de cocina que aportan más olor que limpieza.



Ser consciente ayuda a no morir de envidia, a alegrarse de los éxitos ajenos y a valorarlos en su justa medida. A veces es suerte, a veces sexo anal pero quizá haya que entender que sobre todo es trabajo. Dedicarle horas a tener presencia, a escribir, a probar, a viajar, a valorar lo que haces y a mejorarlo. 

Ver gente apenas conocida hace nada como Patricia Espejo pisando el escenario de El Club de la Comedia te llena de envidia y alegría, porque la has visto con los brackets puestos haciéndose su OpenMike en Paramount Comedy o a Eva Soriano hace nada defendiéndose de suegras-hecklers con su actitud profesional y sus manos de actriz. 

O ves a Miki Dkai en la gira con los grandes o a Dani Piqueras en Likes de #0 o Iggy Rubín de guionista de Buenafa o a Denny de estrella del canal Central o a Gabri Calzado en la cima del audiovisual y subiendo.

Ves a muchos que estaban ahí abajito, buscando, mirando, rodando por el suelo, que dirían los Leize. Y es un orgullo haber compartido escenario con ellos, cañas y críticas.  

Y vendrán más y más, como Edu Santamaría o Simó Martí desde Valencia, que harán tu comedia vieja y tus canas serán mimbres para su cesto de la ropa sucia. Nos pasan por encima. Sí.

El que crea que esto va de llevar más tiempo no sabe dónde se ha metido. Hay much@s cómic@s. Brillantes hay unos 10 o 12. No te pasan por encima. Eres tú, que estás en la toalla de Playa Comodidad, mirando Facebook para criticar y quejarte. Mirando los followers del de al lado sin pensar que lo mismo Twitter te quedó grande, como a los abuelos el GPS, que les hace coger vías de servicio y llegar más tarde.

Lo bonito aquí es seguir haciendo arroz, en un teatro para 400 personas y al día siguiente para 30 en un bar de barrio y escuchar las risas, ver las sonrisas y sentir los aplausos. Agradecer cada uno de esos plas! plas! que te hacen feliz. 

Lo bonito es que cuando alguien te esté pasando por encima le sonrías, alargues el brazo y le digas:
-¡Toma, para el camino! Un tupper de arroz.




miércoles, mayo 25, 2016

Breve reflexión sobre el Ministerio del Tiempo

En este nuevo flujo televisivo fragmentado, hipertextual, viral si se quiere, parece extraño pero sigue ocurriendo el mismo encantamiento alrededor del televisor: la convocatoria. 



Hacía mucho tiempo que esto no pasaba en el salón propio y es de honestos reconocer que El Ministerio del Tiempo (TVE) se convirtió en cita ineludible cada lunes que nos llamaban a ello. 

Todos los capítulos sin excepción han dejado algo dentro, como esas películas que de niño te descubrían nuevas formas de ver el mundo, nuevas maneras de contar o nuevos paisajes.

El Ministerio del Tiempo ha sido como un big bang televisivo con su universo expandiéndose por todos los lados. Miles de críticas positivas, premios (la mayoría aún por caer), fanarts con los ministéricos detrás, incluso un libro publicado desde la privilegiada mente de la chica que más sabe de televisión en España como es la profesora Conchi Cascajosa. 



No nos hemos documentado para escribir estas líneas pero la repercusión de la serie ha llegado a la universidad a una velocidad brutal para la perspectiva reposada que hay que tener a la hora de analizar los temas. Pero El MdT ha arrasado con todo. Ha hecho de su virtud necesidad de estudio. 

Quizá la primera serie con un auténtico o al menos visible showrunner en España. Javier Olivares llevando las riendas suyas y también ya las de su hermano, que lamentablemente se fue, avisando y demasiado pronto (seguramente ahí nació el Tiempo). 

Una serie con un potentísimo guión. Para los que nos gusta escribir nos encanta que una historia nos sorprenda, nos seduzca y nos deje KO en nuestras conjeturas. Quizá sea un Ministerio del Tiempo donde el viaje temporal se antoja su McGuffin particular. De hecho las paradojas temporales siempre llevan al enredo de los que insanamente se quedan sólo a escudriñar los lapsus o defectos. El MdT va más allá: es un viaje para proponernos un juego. Un juego con tantos niveles narrativos como puertas han de atravesar sus poco avezados protagonistas. Una serie que, sin perder su trama principal y subtramas interpela constantemente al espectador, no sólo Felipe II (Carlos Hipólito) en el último capítulo. El reto metatelevisivo, autorreferencial con el propio medio, con el propio lenguaje audiovisual, con la historia de la televisión en España engarza grácilmente con la historia también de España. Pero para contarnos qué.

Se podrán hacer cientos de lecturas, re-lecturas y reelaborar conclusiones una y otra vez. Aquí nos atrevemos a decir que El Ministerio del Tiempo nos habla de la soledad del Hombre. El ser humano errando por su historia en espiral. Una espiral por la que vaga y cambia de época para volver a la misma sin poder cambiar nada o cambiando sin saber lo que cambia. Un viaje donde por más misiones y puertas que atravieses te lleva al mismo punto: tú y tus circunstancias, que decía aquel.

Comenzamos la serie comprando el punto de vista de Julián, contemporáneo nuestro. Compartimos su aflicción y sus chascarrillos. Y según avanza la historia tanto el soldado Alonso como la sabionda de Amelia nos acaban atrapando. Nos atrapan sus incertidumbres, que también son las nuestras. Porque somos frágiles. La entereza de Amelia y su drama personal es, sin duda, una de las líneas más sólidas y profundas de la serie, siempre recordándonos la certeza de la muerte.

La serie intenta, dentro de esta fiesta audiovisual, mantener un equilibrio entre las tramas personales, las episódicas-autoconclusivas y las serializadas; también entre el tono dramático y el cómico. Quizá en algún capítulo, como el de "El monasterio del tiempo" de la segunda temporada, está a punto de quebrarse hacia la risión. Pero por encima de todo transpira un trabajo brutal en todos los aspectos. Vemos a gente disparar de verdad, heridos de verdad, gloria y muerte de verdad, entornos naturales aprovechados, postproducción que nos permite ver navíos, acueductos a medio hacer y mucho románico. 

No participamos de continuar la narración fuera del relato televisivo. Vemos el capítulo y lo demás no nos interesa. No somos muy dados al concepto transmedia, vaya. Pero sí si como transmedia incluimos la exposición en la Universidad Carlos III de Madrid, los making-of o el arrasador seguimiento en Twitter.  

En definitiva estamos ante algo más que una serie excelente, estamos ante un cambio de paradigma. 





viernes, febrero 12, 2016

El Cómico en el Punto de Mira

Subirse a un escenario no es fácil, aparecer en una pantalla de televisión tampoco, exponerse a la verborrea de las redes sociales, menos aún. Todo esto le pasa al cómico, que está siempre en el punto de mira. Esta semana se ha hecho visible que, además, al cómico le disparan.

La absurda acusación y tratamiento a los "títeres de Carmena" nos hace sentir miedo. El miedo como consecuencia del arma de los que no quieren ni oír hablar de la palabra humor, sátira, pastiche, parodia y todo lo que tenga que ver con esa primera línea que intentan siempre derribar los intolerantes. 

En esa primera línea están los dibujantes de Charlie Hebdo, los censurados y ya no vinculados de la revista El Jueves y también los famosos titiriteros. A esa primera línea se la dispara y luego viene todo lo demás.

Hay otro disparo para los cómicos, es el disparo que ejerce el éxito: Dani Rovira, cómico magnífico, chico genial, que cae bien a todo el mundo, que todo el mundo lo quiere en su escenario y ahora en su serie o película, militante de causas benéficas y que respira buen rollo por todos los poros, tampoco se libra de ese punto de mira. Y tanto disparo ha acabado con su buen ánimo. Y no es justo. 



No es justo porque los que vomitan su insidia, sin ningún tipo de pudor ni ironía o sarcasmo (algo de humor en la crítica ayuda a llevarla mejor) no saben lo que es estar ahí, en el punto de mira. Subirse a un escenario y convencer a la gente de que lo que vas a decir es interesante, que les va a dibujar una sonrisa y, en el mejor de los casos, les hará reír. Convencerles de que estás ahí para hacerles felices.

Hacer reír es muy difícil, si eres desconocido para el aforo que te espera sentado mientras come croquetas o mientras toma copas en la barra y cuchichea o grita directamente con su compadre de borrachera, más todavía. 

A veces tienes que actuar mientras tres o cuatro móviles están grabando todo lo que estás haciendo (es una batalla perdida). Te graban porque les gusta tu humor o para reírse de tu imagen descontextualizada fuera de esa experiencia que es el espectáculo en directo, nunca lo sabremos. 

A veces, tras luchar con unas condiciones adversas, notas además la indiferencia de los responsables del local, que recuerdan cómo aquel otro cómico lo petó, sin recordar que ese día estaba lleno el local, el micro funcionaba bien o aquel cuñado suyo faltón estaba ingresado y no vino a dar por el culo. 

A veces haces tu show y los insultos vienen luego, como le ha pasado a Patricia Sornosa con un bloque que tiene sobre los "vapeadores". Que hay que reconocer que a todos nos ha hecho gracia verlos en algún momento. Intolerables insultadores no vengáis a shows de humor y volved al tabaco, de verdad, os hará mejores personas.

En el fondo lo que nos pasa es que nos gusta más reírnos de alguien que con alguien. Funciona mejor el "soy feo, soy gordo, soy gilipollas" y que el público lerdo, el feo, el gordo, el gilipollas se ría sin piedad de mí y no de mi comedia. Tampoco hay que ir de prepotente cruel y decirle al público que es imbécil. Pero invitar a pensar que todos lo somos en algún momento, entrar en el juego de que todos somos iguales y que venimos a reírnos de la propia condición humana no parece una mala proposición.

Cuando eso ocurre, cuando el público acepta la invitación, todo brilla, como brillan los Fernando Moraño, Pepa Fernández, Miguel Lago, Louis C. K., Juan Carlos Córdoba, Patricia Sornosa, Óscar Guillén, Esther Gimeno, Amy Schumer, Denny Horror, Sarah Silverman y muchísim@s más...


Esta noche volveremos a hacer lo que nos gusta y también al punto de mira. ¡Sed buenos!





jueves, diciembre 04, 2014

I Congreso Universitario sobre el Monólogo Cómico - UAM - Día UNO

Entre el 3 y el 6 de noviembre se celebró en la Universidad Autónoma de Madrid el I Congreso Universitario sobre el Monólogo Cómico
Pasadas las fechas no se encuentra información sobre lo que pasó esos días. Sirva esta pequeña entrada como imperfecto e incompleto resumen de cosas que pasaron por allí.


El lunes 3 de noviembre, a eso de las 11:00 y algo (hora prohibitiva para un monólogo cómico, no digo ya para un cómico) encontrábamos apurados el salón de actos entre los miles de escalones, barandillas, pasillos y módulos que componen la infernal disposición arquitectónica de la UAM. Sobre el escenario, gente insigne que presentaba el congreso intentando por un lado darle el aire académico que requería la ocasión y por otro el tonito simpaticón que no requería.

Tras esta inauguración oficial de las autoridades, el hermano del Gabilondo de la SER, el que fue ministro, Ángel, presentaba, ya con Goyo Jiménez incorporado a la zona noble del salón, a éste. Dijo cosas como que "el humor es la distancia de uno respecto a sí mismo" (las comillas hay que ponerlas entre comillas, porque lo mismo no es literal, tampoco sabemos si cita a alguien o reformula sobre una cita).


Don Ángel fue más preciso y conciso y pronto dio pasó a Goyo que, micro inalámbrico en mano, de pie y acertadamente delante de la hilera de mesas que construían una trinchera previa a la cuarta pared, se marcó una conferencia, monólogo, discurso, disertación brillante a nuestro parecer sobre el humor, el arte de subirse a una caja a decir cosas, qué pasa con el público, qué pasa con las instituciones, qué pasa con la vida.
Goyo Jiménez dijo cosas como (última advertencia sobre las comillas): "La gente en España no escucha."; "El cómico quiere que le quieran y quiere querer."; "El monólogo no es nada. Está todo por hacer."; "Somos un pueblo de destruir lo épico".

También habló de ese objetivo que estaría bien enfilar cuando uno escribe humor y proyecta el humor: conseguir, como la tragedia griega, la catarsis en el espectador: una reflexión, un cambio posterior. Salir del show reído y con la semillita de una futura pensada.

En definitiva, brillante, vibrante y acertada elección por parte de los organizadores de convocar a Goyo Jiménez (que sí, que es famoso también) para inaugurar este congreso. 




lunes, noviembre 17, 2014

El Fin de la Comedia: Ignatius Nacho

Tras ver la primera temporada de El Fin de la Comedia (Comedy Central, 2014), creada por Ignatius Farray, Miguel Esteban y Raúl Navarro y sin haber leído nada sobre ello (honestidad ante todo), escribamos por aquí algunas reflexiones al respecto de este producto.



Reconocibles y reconocidos son los referentes de esta serie, a saber: Louie o ¿Qué fue de Jorge Sanz?La ficción, la narrativa, el audiovisual, es un campo ya visitado y no por ello de obligada y sorprendente visita. Esto de las referencias da para mucho, apuntemos también Woody Allen o el Nanni Moretti de Caro Diario(1993).




Comedy Central, antes Paramount Comedy, ha vuelto, como ya hizo con La Hora Chanante (Paramount Comedy, 2002-2006), entre otros, a apostar por la producción propia desde la libertad creativa de sus autores. Esto convierte el resultado en algo fresco, que no sabe de números y conveniencias programáticas (¡pobres guionistas realmente asfixiados por el obsesivo control de los que mandan!).



Hay en la serie una atmósfera malasañera, en el buen y en el mal sentido, con algunas situaciones e interpretaciones que se intuye sonoramente aplaudidas por el gafapastismo, esa cohorte vacua. Pero suficientemente bien resueltas y contenidas como para tomarlas como virtud.

En El Fin de la Comedia vemos a Ignatius que es Nacho que es Ignatius. Un personaje que vaga por lo que a veces se nos antoja un no-lugar: la ciudad a oscuras, la tienda silenciosa, la juguetería o el local de santería. Lugares donde nuestro personaje sobrevive sin identidad a base de reivindicarla.

Reivindicación que se hace más explosiva sobre el escenario del Picnic, donde Ignatius consigue su propia catarsis, esa de que tanto se habla es el teatro para el espectador. Nacho se encuentra a sí mismo encima de las tablas y deambula el resto del tiempo, defendiendo sus valores, que son arrollados sistemáticamente por todo el elenco de personajes borderline que se cruzan con él. Pero ni siquiera encima del escenario es capaz de defenderse, de autoproclamar su identidad. También ahí pierde la partida.

Así, Nacho, Ignatius, pasa por la vida desde esa bondad mal entendida por el resto, por los otros, a los que necesita para entenderse a sí mismo. Y en este viaje nos regala una suerte de situaciones cómicas brillantes, también en el aspecto formal.

El Fin de la Comedia, desde un profundo sentido del humor se nos manifiesta existencialista, y nos interpela desde las gafillas y el tono sosegado de Nacho, de este "loser": ¿es el fin de la comedia? ¿es la comedia el fin? De momento nos contentamos con revisitarla las veces que haga falta hasta que llegue la prometida segunda temporada. ("Si el dinero está bien").




martes, julio 29, 2014

Chanquete Ha Muerto

Chanquete Ha Muerto de nuevo. El propio usuario de twitter de La2 de TVE se hacía eco del éxito en las redes sociales.
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Chanquete, icono de la televisión nacional, en concreto su muerte, pervive 33 años después.

Se comenta a modo de homenaje, se hacen chistes sobre ello, se apela a la nostalgia. En el fondo puede haber detrás una manera de gestionar ese trauma que fue la muerte de un personaje principal en una serie para niños. Para algunos, los más afortunados, quizá fue el primer contacto directo con la asunción de la mortalidad, de lo efímero.

Chanquete había muerto y después se acababa el verano. Otro final. Otra experiencia que nos obligaba a asumir que había cosas que nunca serían como antes. Porque el verano tiene eso: es un tiempo suspendido donde las aventuras y experiencias vividas no se repetirán, aunque mantengas el contacto con las personas con las que las compartiste,  aunque esas personas se incorporen también a tu rutina anual y no sea solo estacional. Lo ocurrido en ese periodo no volverá.

Asumir que las cosas no vuelven es algo jodido, más para un niño, que está envuelto en su rutina familiar de desayuno-comida-baño-cena, de juegos los sábados con los primitos, de cama idéntica y muñeco para dormir.

Y de pronto estás viendo Verano Azul, donde los personajes no crecen, porque no les da tiempo, donde todo ocurre en un marco idílico y protector y resulta que va Chanquete y se muere.

Luego descubres que Chanquete también salía en "Mi querida señorita"(1972), "Volver a empezar"(1982) o es la voz de Sancho Panza en los dibujos de Don Quijote. Es decir, descubres que Chanquete no ha muerto. Pero ya da igual. El daño ya está hecho. El trauma queda alojado en todos estos niños que ahora tuitean y hacen chanzas sobre lo ocurrido para tapar el dolor y el miedo.

A lo mejor lo que nos da miedo es arrojarnos a vivir otro verano azul, dejarnos llevar por la idea de una eterna existencia, vivir sin estar pendientes de que la guadaña está por ahí, dando vueltas alrededor de un barco varado en la playa.







martes, noviembre 19, 2013

El humor está en el aire

Anoche se estrenaba "En el aire", la nueva aventura del gran Andreu Buenafuente en LaSexta (Atresmedia).
Volvían algunas señas de identidad de etapas anteriores, volvía Berto Romero a su lado. Y volvía el monólogo inicial repasando la actualidad.

Hoy, esta mañana, anoche mismo vía redes sociales, ya comenzaban las primeras críticas, las primeras subjetividades, respetables y adorables.

Los que más cera recibirán serán (no podía ser de otra manera) los nuevos colaboradores. A todos nos gustaría estar ahí y eso, quieras que no, enciende la ira y la "bifidad lingual". Sin embargo, dada la presión de trabajar al lado de los grandes, su estreno fue más que aceptable.

Es muy difícil ser original, es muy difícil llegar a todo el mundo, esto ya se asume de entrada. Pero la apuesta por hacer un programa en directo ya es digna de todo elogio, en esta televisión actual donde la postproducción te arregla un programa o convierte diez brutos anodinos en un producto de entretenimiento casi de culto: véase "Un príncipe para Corina" (Cuatro, Mediaset).

La tele actual, y más los programas de entretenimiento, practican la apropiación audiovisual, mostrando a través de su pantalla hallazgos más o menos graciosos o impactantes en el maremágnum global. Las nuevas tecnologías permiten encontrar vía internet un número inagotable de "tontás" a las que sacar partido a través de la televisión. "En el aire" también utiliza dichos hallazgos con mayor o menor fortuna, porque si bien es evidente que hay muchos hallazgos, también lo es que los usuarios de la red están de vuelta de casi todo.

Todo esto para decir que más allá de la apropiación audiovisual, con vídeos o fotos más o menos graciosos y más o menos bien comentados y más allá de los chistes que pasarán de brillantes a correctos y de correctos a brillantes constantemente, el humor del nuevo programa de Buenafuente está en el aire.

Anoche me senté a ver el programa y el simple hecho de ver a Andreu y a Berto replicarse, interrumpiéndose, mirarse ya generaba un universo humorístico reconocible y perpetuo. Por eso, todo el equipo de "En el aire" estará hoy currando a tope para sacar el programa adelante, para mejorar y despertar el interés y la risa de todo el que se siente delante, porque el "core" es muy potente.
Porque el humor de esta gente se siente y está en el aire. ¡Y esta noche más!







miércoles, octubre 15, 2008

La grabación

Llego con la hora justa, o sea, llegaba bien pero jadeando y notando el muslo y contra-muslo cargado.
En la entrada me piden la invitación y me indican; las típicas indicaciones de "al fondo a la derecha" que vuelves a repetir como invocando al cielo para no olvidarlas, aún sabiendo que esto no te quitará la pose de perdido.
El auditorio está semivacío, o sea, medio lleno. Público heterogéneo.
La grabación es para un programa de televisión, un concierto. Con su orquesta, sus violines, sus vientos, sus percusiones...y sus voces importantes.


Allí estoy yo, maltrecho por un fin de semana rompe-piernas con más etapas que el Giro y el Tour juntos. Pero allí estoy.

Los técnicos siguen ajustando cosas pero pronto comienza la grabación:
-¡Silencio, estamos grabando!-gritan al aire.

Arranca una pieza musical, archiconocida, que me eleva en una cifra de tres cualquier indicador de estos que te miden en los chequeos médicos. Con esta dopamina improvisada me dejo arrastrar por las melodías y figuras musicales.

-Vale, vale-los músicos paran; un técnico cruza el escenario a toda leche. Los técnicos se distinguen de los que "salen" porque van vestidos como si vinieran del Viñarock y no están maquillados.

-¡Silencio, estamos grabando!-gritan al aire y un poco a uno del fondo que parece que no se ha enterado.

Arranca la pieza musical, la de antes, vuelven mis indicadores a subir. Entonces sale la primera figura y se pone a chapurrear la canción. O sea, que no la canta, que va siguiendo la música y de vez en cuando suelta un "MAAAAAARRRRR"....o un "YOOOOO".

Luego paran todos. Y éste, la primera figura, se dirige por primera vez al público presente para agradecerles la presencia. Primeros aplausos.

Y así continúa la grabación del tema hasta que llega el primer descanso. Los músicos salen pitando (será la profesión) y el público también. Yo espero un rato: no tengo prisa ni me la meten (afortunadamente).
Cuando me decido a salir opto por atravesar la fila que menos personas tiene ocupando plaza. Tan sólo dos.
Sorteo a la primera sin problemas: disculpe-se levanta-pasas-gracias-de nada...

...y entonces llego a la segunda. Una mujer enredada con su móvil me comenta sin dejar de mirar a su pequeña pantalla:
-¡Ais, es que no hay otro sitio por dónde pasar!
-Sí, pero es que la peña pasa por donde hay menos gente-le digo con toda la empatía de que dispongo.
-Oye, que yo soy "gente"- me suelta la muy borde.
No sé si le llego a decir "bonita", pero el resto prometo que sí.

Ya fuera, cerveza en mano (es un concierto en cualquier caso), escucho a un gañán decir que ha sido él quien ha provocado el arranque del primer batir de palmas. Lo cuenta con mucha arrogancia, como un pequeño dictador que se jactase de haber manipulado a las masas. Habría que haberlo aniquilado allí mismo pero ya apuran los músicos los bocatas y el papel de aluminio se hace bola, así que regreso a la sala.

Para la segunda parte opto por cambiar de asiento. El tema a grabar ahora me eriza aún más el vello: varias voces relevantes en el escenario y sobre todo algunas que me dilatan las púpilas hasta la lágrima.

A mi lado dos abuelitas animadas, o sea, de cháchara, comentan todo lo comentable (no sé si del propio concierto o de algún asunto familiar que se les quedó en el tintero del descanso) hasta el mismo momento en que la primera voz empieza a sonar.
O sea, que hasta que no empiezan a cantar, no consideran que ha comenzado la pieza. Bueno, hay quien no para en toda la canción y sólo se calla para aplaudir y decir:
-¡Qué buenos estos tíos!-pero no es el caso.

Al haber más gente sobre el escenario, los tropiezos, despistes y descoordinación son más frecuentes. Unos bromean y otros explotan extrovertidamente.

En mitad de estos dimes y diretes, el mecenas del evento y arreglista de los temas sale a hablar con unos y con otros y a dar pequeñas directrices. Le saludo desde mi butaca aspaventando con la mano, pero, aunque parece haberse dado cuenta, está demasiado ocupado y no me devuelve el saludo. Lo entiendo y creo que mis compañeras de butaca comentan algo por lo bajini mientras asienten con la cabeza.



Va llegando el final, algunas personas desertan de sus butacas y abandonan el lugar como si de una revuelta estudiantil se tratase y hubieran aparecido "los grises" por la platea. Las azafatas andan desbordadas intentando impedir el paso. El regidor pide silencio-estamos grabando. Los zapatos siguen golpeando los peldaños y los susurros se acrecentan a orillas de las puertas.

Tras unos segundos la gente se relaja, los menos se quedan y dejan de dar por culo. Nuestra primera figura lee un mensaje de agradecimiento. La toma ha valido. Nos vamos a casa. Buen trabajo. Gracias a todos por venir. La grabación, por hoy, ha terminado.

¿unas birras?

La respiración contenida

De un día para otro vino la hostia y cortó la respiración. Un virus malo, malísimo, llega, se expande, mata, colapsa. De un día para ot...