martes, septiembre 23, 2008

Tres son multitud

Me gusta estar solo.
No siempre solo, pero unos ratos sí. A veces dos no son multitud, pero tres ya empiezan a serlo.
Tres personas hablando y ninguna escuchando; o una hablando y dos sin escuchar; o dos hablando entre sí y la otra escuchando la mezcla de interrupciones y sinsentidos.
Sí, tres son multitud para muchas cosas.

El domingo estaba medio viendo el partido de tenis(finalmente decisivo) de la eliminatoria de la Copa Davis (semifinales) de Rafa Nadal y el americano Roddick. Hubiera disfrutado algo más si los comentaristas (petardos de comentaristas) se hubieran limitado a hablar de aquello que de pequeño no entendía y nadie me explicaba, porque en mi casa había raqueta de tenis pero se usaba peor que en "El Apartamento" de Jack Lemmon: eis, seconser, silan sivuplé, madmuasel graf o yus.



Pero no, cuando se juntan tres a narrar, la cosa se tuerce. Bien lo saben los de "La Sexta", que montan el espectáculo lamentable en cada partido de fútbol (aunque la gente debe disfrutar muchísimo con el calvorota moreno: ¡jugón!).

En fin, la cosa se tuerce. Pero ayer no se torció, se trenzó. Los tres figuras de la narrativa, la perspicacia y el sarcasmo entrelazaron su discurso en torno a una misma metáfora: Nadal era un torero en la plaza de toros de Las Ventas.

Así, pude oír toda suerte de sandeces al respecto:
-"Rafa le está toreando".
-"Va a salir a hombros por la puerta grande".
-"Ese 'passing' ha sido como una chicuelina...o una verónica" (ahí se veía el saber taurino).
-"Entramos en el quinto juego, un número muy taurino"-dice uno-"Sí, las cinco de la tarde, la hora de los toros".
-"Rafa está usando la raqueta como si fuera un capote"
-"Rafa está haciendo una faena de aliño".
(notas no ajustadas a la literalidad)

En fin. Me da la sensación que este contagio malsano, esta pesadilla televisiva que emitieron ayer, no se hubiera producido si hubiesen estado dos comentaristas, cualesquiera entre los tres.
Igual que se acosa más a la compañera en el trabajo contando chistes machistas cuando hay tres bocazas masculinas o más.

Tres son multitud, no hay duda, porque dos son mayoría y el tercero se ve arrastrado (con más o menos alegría) hacia la perdición que marcan los otros.

Dicho de otro modo: la multitud cambia y, a veces, mata.



martes, septiembre 16, 2008

Premios 20 blogs

Me acaban de inscribir en los Premios 20 blogs. Que son unos premios que organiza el periódico 20minutos. Sí, ése que te dan por las mañanas y a veces trae una portada publicitaria con el careto de Tom Cruise o Batman y que te llena las manos de tinta, y luego la nariz si te la tocas y la camisa del colega que te acaba de encontrar y tú no habías visto aunque estaba a dos centímetros de tu sobaco infernal y le das un palmotazo en su espalda. Pues ése.

Parece que la categoría a la que opta este blog es la de "Mejor blog de ficción". Que vamos, ni de coña que gana, pero además, esto no es un blog de ficción: esto es la realidad misma. Ficción es otra cosa.
En fin, creo que no hay manera de anular la propuesta.

Es complicado esto de los concursos de blogs. A saber cuántos se presentan: Casi 2000 llevan en 6 días de inscripción abierta. El plazo se acaba en un mes y, suponiendo lo exponencial que suelen aumentar estas cosas, será casi imposible poder votar a uno habiendo echado un mero vistazo a todos. Sirva pues esta plataforma mía, enjuta, microvisitada (gracias visitante, también a los guglenianos y sus décimas de segundo) para poder dejar mi marcador un poco más alto que el de Remedios Amaya en aquel mítico y traumatizante Eurovisión.


Remedios Amaya


Esto de los premios daría para un monólogo de mi amigo David, que ya anda por ahí poniendo vídeos en youtube, por cierto.

Una vez intenté en mi oficina dar los Premios Curro 2007.
Por ejemplo:
Premio a la mejor interpretación en una reunión para...

Sergio!

Premio a la mejor flexibilidad horaria para...

Salomeeeeeé!

Premio Quiero y No Puedo para...

Y así, sucesiva y paulativamente (que diría el gran Carlos Jesús) se irían entregando.

Pero todo quedó en un rato de cachondeo a lo Camera Café, que no es poco.



Espero seguir pasándolo bien, con premio o sin premio.

martes, septiembre 02, 2008

La memoria histórica

Tardé muchos años en encontrarle tras búsquedas intermitentes en mis viajes al pueblo. Visitas a archivos parroquiales, registros civiles, archivos militares.
Consultas a familiares cercanos, vecinos, conocidos.
Al principio fue difícil: nadie quería hablar del tema. Algunos me miraban como diciendo "ahora vienes con esas".
Me estremecía pensar que tocando aquellas fichas de dominó podría estar uno de sus verdugos, o al menos algún instigador, o simplemente alguien que se alegró de su muerte. Pero a los viejos muy viejos, como a los niños muy niños, no se les adivina la maldad. De hecho, se les presupone siempre bondadosos.

A mi abuelo lo "pasearon", mi madre lo recuerda todos los diez de julio, muy tarde. En 1944.

Unos me contaron que se lo llevaron, con dos más, hacia la salida que está hacia el sur. Por otros conseguí saber que había caído, ya tiroteado, por un terraplén. Y que algún labriego, entre el miedo y la compasión, lo cubrió con algo de tierra tras encontrarle casualmente al día siguiente. No logré localizar a este buen hombre, ya me hubiera gustado.

Mi abuelo nunca levantó mano ni puño. Dicen, y las fotos que conservo así me lo confirman, que era muy guapo y que andaba un poco enredado amorosamente. Algunos apuntan a los celos, envidias o cuernos como motivos por los que a algún denunciante se le metió entre ceja y ceja.

Cuando descubrí a mi abuelo desenterré sus huesos con mimo, como intentando curar sus heridas a cada movimiento, cuidándolo ahora que "los malos" no estaban y no podían imponer su voluntad. Como intentando protegerle aunque fuera sesenta y tres años después.

Los limpié y puse en un azafate de paja, que envolví con cuidado en una chaqueta de punto. Y así, como si de un bebé se tratase, lo acuné pegado a mi pecho. No sé porqué comencé a tararear "La Tarara"...
...

Puse sus restos en el asiento delantero, a mi lado, y regresé a nuestra casa, que era la suya, y se los entregué a mi madre. Nunca me he sentido más orgulloso que entonces.

Preparamos café y sacamos anís. Le velamos toda la noche. Una foto en la cabecera de la cama y en ella un ataúd con los restos en su interior. Mi madre no se separó ni un segundo de él.

Yo iba y venía; atendiendo a los familiares y amigos que venían a darnos el pésame. Mucha gente. Casi todo el pueblo presentó sus respetos, unos santiguados y otros con sentidas inclinaciones.

Ya por la mañana salió la comitiva hacia el cementerio. Hacía algo de fresco, pero se estaba bien. Lloramos mucho cuando el párroco dio por concluída la ceremonia y los enterradores comenzaron su trabajo.
-¡Era un chiquillo, era un chiquillo!- balbuceaba su hija a cada paso que nos alejábamos. Mi tío la consolaba.

Yo salía por la puerta del camposanto cuando me paré, por gusto, a coger una oliva de una rama que sobresalía por encima de la tapia. Podrá parecer una locura pero aquella oliva estaba rajada, aromatizada y preparada con salmuera.

Y al morderla su jugo se unió, para siempre, con el jugo de su memoria.

martes, agosto 26, 2008

Guardando las distancias

Lo hacen hasta los mosquitos que se cuelan en mi baño. Pulalan, revolotean incluso acosan, pero guardan las distancias.
Nosotros no. Nosotros nos metemos en la boca del lobo, nos rodeamos, tomamos café con ellos y hasta les reímos las gracias (que ni puta gracia).

Bajamos con ellos en el mismo ascensor; les damos los "buenos días" aunque sólo nos devuelvan un carraspeo; les respondemos a sus correos aunque siempre olviden responder a los nuestros; les informamos de todo aunque ellos nos informan de lo justo, mal y tarde.

Nosotros vamos a reuniones que sólo están hechas, convocadas, para ellos, para que justifiquen horas o para enseñarnos no sé qué galones o para decirnos básicamente sandeces.
Incluso aceptamos ir a las cenas que montan para que el director general se cueza y toque tres culos y coma cuatro orejas. Y en el fondo para que se sientan queridos.

Cumplimos horarios, estrictamente o siempre de más, mientras les vemos aparecer a la hora que les sale de los huevos: ¡Ah, que tienen que llevar a los niños al cole! (los demás no tenemos niños); ¡Ah, que vienes de un cliente! (que acaba de llamar para preguntar si ibas a ir hoy); ¡Ah, que se te ha muerto tu quinta abuela o el hámster! (para el caso que le hacías a ambos...)

Así está montado este tinglado: Todos revueltos.
Ni siquiera hacemos como el pingüino que, intuyendo la presencia del pinnípedo asesino (asesino para él, claro), echa a andar a su ritmito torpe (a nuestros ojos) y evita que la mole le hinque el diente (o el colmillo).


Nosotros no. Nosotros vamos a sus brazos cuando les vemos salivar. Apelamos a no sé qué orgullo para intentar volver a demostrarles que valemos, que estamos de su lado, que les queremos. Sin saber, sin darnos cuenta, de que son de otra especie, no nos entienden, sólo se entienden entre ellos.

Por eso vemos ilógico y ellos tan lógico que Manuel Clavapuñales sea ahora ascendido a gerente y Víctor Rebabosa a director. Que viene a ser como cuando a un capitán le suben de puntas en su estrella por no sé qué méritos en una guerra.

O que el comercial Luis Melostoco Adosmanos trinque comisión por lo que nos curramos los demás en concepto de no sé qué labor de captación, fidelización o pollas en vinagre (válgaseme el improperio) realiza con un cliente que comenta a sus espaldas lo tonto que es.

Y mientras, nosotros, demostrando a unos y a otros; adaptándonos a cambios de horario; sometiéndonos a trescientos procedimientos de aprobación de vacaciones (no te saltes ninguno ni lo dejes en manos de ningún supervisor, que usarán luego éstas para abofetearte según convenga); intentando caer bien al personal, incluso tratando con cariño a la máquina de sándwiches (de qué son, por cierto, de salsa, ¿no?).

Nosotros tenemos que estar a todas y ellos a ninguna.

Y siendo todo esto así. Estando todo esto tan claro. Me pregunto, casi retorciéndome la muñeca para que duela, ¿por qué no guardaremos las distancias con estos hijos de puta?

¿Por qué?



lunes, agosto 18, 2008

La certeza

Obligado a la incertidumbre, si quiero que mi proyecto cuaje, empecé el otro día a darle vueltas a la cabeza.
Y a mirar a mi alrededor: La necesidad de certezas es abundante entre los seres pensantes que me rodean.

Yo mismo soy un buscador nato de certezas, aunque me pase el día con frases evasivas y relativas.

Nos gusta el empleo fijo, que nos hagan "fijo" en nuestra empresa. La palabra "temporal" no nos gusta ni en boca de un meteorólogo. De "provisional" ni hablemos. O, si puede ser, aprobar una oposición "para toda la vida", un puesto fijo, fijo, fijo. Que dé seguridad, estabilidad, que nos quite el desasosiego laboral o al menos sosiegue a nuestros progenitores...

La pareja estable parece coronar un modo de vida sin parangón. Y casarse por la iglesia; por lo civil, consolida la relación, la hace más fuerte. Parece que el hecho en sí la hará perdurar...

Visitar el mismo restaurante, donde nos conocen, nos miman, nos dan la misma mesa nos hace comer más seguros, más a gusto, más estables. También el bar donde te llaman por tu nombre y tú por el suyo al hostelero y te sacan directamente un tercio de Mahou sin decir nada...

Pasear por la misma calle, asirse a la misma compañía y comprar la fruta en la misma tienda...

Amarrarse a los discos de siempre, los géneros de siempre, los autores de siempre...

Vestirse de la misma manera, con el mismo peinado, las mismas tiendas de ropa visitadas...

Insistir sobre las mismas ideas políticas, los mismos argumentos, los mismos pilares filosofales, los mismos principios...

Llenar la agenda de compromisos, quedadas, tareas programadas, cosas importantes que hacer...

Verdades absolutas en la mesita de noche, en la foto colgada, en el recibo recibido...

Y en definitiva, rodearnos de esa certeza, que ahoga tanto o más que la ansiedad del futuro incierto. Que nos llena de lorzas la cintura, por aprovisionarnos en exceso de víveres. Que nos embota siguiendo el hilo argumental de la misma serie de TV o leyendo el mismo periódico. La misma necesidad de certeza que necesitan los prohombres para seguir encima de nuestros higadillos.
Puede ser también que vuelque mi ira contra ésta ahora que la tengo que olvidar un poco.
No lo sé.



Principio de Incertidumbre


sábado, agosto 09, 2008

Volviendo

Más de un mes desde la última entrada, el último post y toda una vida que contar, pero no es la mía, así que me callo.

Envuelto en el olimpismo y en el suertudo 8 del 8 de 2008 me relajo explorando mi panza para compararla con algún abanderado y sonrío: soy olímpico, no hay duda.

Tras la ceremonia (no decepcionó el gran Zhang Yimou) y este espantoso calor que tanto me gusta, intentaré relajarme con más dosis de cerveza, agua y compañía agradable.

También me abandonaré a la lectura de, como dice mi prima, "libros de leer". Aunque tengo algunas dudas que despejar con esto de las olimpiadas chinas, la cultura china (la única que parece milenaria), y el mejunje occidental que nos traemos entre manos con respecto a las personas de ojos rasgados. Lo intentaré entre lectura y lectura.

Aprovecharé también para ir al mercado y escaparme de los supermercados (me deprime ver tantas cajas vacías y el aire acondicionado te lo chupas tú solito), para escribir algún poema o para mirar al Cielo más, a ver si este año veo las putas Perseidas, también llamadas de San Lorenzo, por aquello del santoral.

Luego, en un rato, empezaré a documentarme para el libro que voy a escribir, no sé si esto lo haré en pelota picada o con un pareo mediterráneo, aún no lo tengo decidido. Antes, eso sí, pasaré por el herbolario para llevarme media docena de botes de hierbas: unas para limpiar mi organismo y otras para limpiar mi espíritu, que debe estar de hollín hasta las trancas (terrenal que es uno).

A mi lado me proveeré de todo lo que me inspire, me recuerde lo artista que soy, me hable, me transmita y me prepare para un manotazo visceral sobre un lienzo o un garabato impulsivo sobre un cuaderno de notas ecológico.

A todo esto la tele seguirá puesta y gozaré con las medallas nacionales y de algún que otro país, atleta o equipo que me caiga simpático. No sé si me engancharé con el bádminton o con el lanzamiento de disco: Siempre he sido mucho de método Fosbury y de gimnasia rítmica, sufriendo para que la pelota no se les escape o la cinta se vaya a hacer puñetas, pero hay que dejar un hueco para las nuevas pasiones.

No sé si ya lo he dicho: Ahora soy bohemio.



viernes, julio 04, 2008

La justicia

Lo que pasó el domingo, sí, eso de la Eurocopa, no tenía nada que ver con el fútbol. Si no, no se explica.

No tenía nada que ver con el forofo de gran apertura maxilar, ni con el inapetente seguidor tras la derrota de su equipo.

Tampoco tenía nada que ver con el simple caballero que ante un dos-cero a favor de su club de siempre, de su equipo del alma, de su vida, arrima "cebolleta" hacia su señora fumadora y comedora de chicle.

No tenía que ver con nada eso. Aunque el otro día, el domingo, todos lo celebramos en una piña tan heterogénea como incomprensible en seres vivos capaces de reconocerse a sí mismos y a sus congéneres.

No tenía nada que ver. Porque lo que pasó el domingo saldó una deuda arrastrada desde hacía muchos años.
España, la selección española, la de fútbol, la de la máxima categoría, había caído demasiadas veces injustamente:

Todos sufrimos con el codazo a Luis Enrique en el Mundial del 94, con el jodido árbitro contra los coreanos en el 2002, con los penaltis en Inglaterra 96.
Nos desangrábamos en cada competición y nadie nos ponía una toalla. Los contrarios se reían de nosotros, los árbitros también, la prensa, los turistas que arrasan nuestras costas.


Cada competición mal concluída nos hundía más en la depresión comunitaria, en la decepción. Sólo algunos aficionados se curaban las heridas con goles de sus equipos en la liga nacional o en campeonatos internacionales de clubes. Y enseguida arrancaba otra fase de clasificación y poco a poco nos volvíamos a enganchar y luego la competición propiamente dicha, lo que llaman la fase final de la Eurocopa y el Mundial. Y volvía a pasar, volvían a eliminarnos.

Pero no era que nos pasaran por encima, no era que jugaran a un gran nivel y nos volviéramos para casa como un saltador de longitud tras hacer tres nulos en la primera eliminatoria. Ya me hubiera gustado a mí:
Primer salto............¡nulo!
Segundo salto...........¡nulo!
Tercer salto............¡nulo!, me levanto, me sacudo la arena y saludo a todo el estadio, que me aplaude.
¡La gloria!

No. Nos humillaban. Éramos superiores y perdíamos. Las artimañas nos mataban, las tretas nos desvalijaban el ánimo.

Hasta que llegó esta selección. Ningún crédito. Ni la inoperante federación que, por no hacer, nunca cambiaba nada, esta vez se dejó llevar y no renovó al seleccionador.

Y entonces jugamos(jugaron, vaya) y la metimos(la metieron, vaya). Y ganamos. Y se hizo justicia.






Y ése era el sentimiento que flotaba el domingo en las fuentes invadidas por niñatos descontrolados y algún madurito con ansia de fiesta. El sentimiento del que se ha liberado, del que ha recibido, por una vez, una recompensa a tantos años de injusticia.

Todos comentamos la jugada entre gritos, camisetas rojas y alcohol; y al día siguiente seguimos comentando la jugada en el lugar de trabajo. La puta justicia, lo que se hace esperar.



Unos días más tarde la justicia volvía a aparecer aunque nadie lo comentó en mi oficina. No lo juzgo, es normal.

Ocurría en Colombia.

La respiración contenida

De un día para otro vino la hostia y cortó la respiración. Un virus malo, malísimo, llega, se expande, mata, colapsa. De un día para ot...