viernes, marzo 09, 2018

8Mujeres


-¿Sabes quién se ha muerto? Se ha muerto Yayi, la del tercero, la hija de la Juli, la que peinaba a tu tía en las bodas, que era rubia así grandona, con el pelo revuelto, un poco sucio, que siempre iba andando como espatarrá, con un vestido más feo, así como viejo, que cuando se subía con nosotros en el ascensor tú decías que le olía el culo a mermelada de melocotón, que era un poco bizca y gritaba mucho por el patio y salía por la noche sabe Dios adónde, que decían que tenía un querido que le daba dinero.

Sí, Yayi. La que fumaba como un carretero que tenía la voz así ronca que parecía que te iba a escupir un gargajo del tamaño de una pera, que su hermana, la mediana, iba al cole con tu hermano, que era una vaga, que siempre estaba pidiéndole los apuntes y venía a casa al cuarto y estaba allí horas, que salía tu hermano de vez en cuando a beber agua y decía que ella no se enteraba de nada de las matemáticas.

Yayi sí. La mayor de las tres hermanas, que su madre, la Juli, trabajaba en la embajada de Holanda, y se las daba ella de fina, y lo que trabajaba era limpiando las escaleras, que venía con las manos agrietadas y oliendo a lejía que tiraba para atrás.

Que su padre estaba todo el día quejándose porque había pillado cosa de los bronquios de fumar y de trabajar con la ferralla, que eso es malísimo y te puedes morir y todo, porque te deja hecho polvo. Que le compraba el padre a las hijas gominolas y a ti te daba de vez en cuando alguna si te veía en el portal.

Yayi. Sí. Con unos zapatos de tacón que se ponía, altos, altos, que parecía que se iba a caer en un bordillo. Alta, con una sonrisa grande, los labios muy rojos, que cuando llegaba tu abuela del mercado siempre le ayudaba a subir la compra, que le decía que ya no estaba para empujar carritos y a tu abuela le daba por llorar y secarse con el pañuelo que tenía con las iniciales del abuelo.

Yayi. Que no paraba de comer pipas los domingos, que se oía por la terraza el cracrá, y veías en el jardín el rodalico que formaba. Que su hermana la pequeña se casó muy joven y embarazada que salió desde aquí para la iglesia con más pena que otra cosa y su padre serio, serio, que parecía que le iba a dar un perrengue. Y luego se separó enseguida y se vino aquí con la madre, que el padre ya había muerto y no les había dejado ni una paguica de las deudas que tenía, y estuvo luego junta con uno del otro bloque que parece ser que vendía droga dura o porros y le metieron en la cárcel y ya no supimos más de él.

Yayi. Que venía del hospital todas las noches rota, de cuidar a su madre y se quedaba otro rato en la calle, hablando por teléfono, que se oía desde aquí. Que puso una tienda hace poco, hará dos años, de complementos, ¿en la calle donde vives tú? pues enfrente, que yo iba mucho para regalos para tu hermana y siempre me daba un detallito, un brochecito, un pañuelo, algo. Pues la pobre se ha muerto. Se conoce que estaba muy mal. ¿Te acuerdas ya, hijo? ¡Yayi!

-¡Ah, sí! Ya me acuerdo, sí, sí. Claro. La del tercero.




Me sacaba 8 años. Yo tenía 7 y ella 15 cuando me miró a los ojos y me dijo:
-Eres muy guapo. Te has ganado un beso.
Me quedé helado y rojo cuando me lo dio. Todos los días de mi vida recuerdo ese momento y por supuesto a Yayi, la del tercero, la hija de la Juli.







¡Hasta el lunes Cordobita!

Escribo esto para mí, porque lo necesito y porque necesito hacer público lo que supone este tío en mi vida. Juan Carlos Córdoba abandonó e...