jueves, junio 04, 2009

La Piscina

Ir a la piscina es un lujo. Dicen que corrige la espalda, que es buena para la circulación y que hasta duermes mejor.

Cierto.

Pero aparte de todo eso, es también una fuente de información para elucubrar situaciones curiosas y escribir relatos fantásticos (por geniales, no por irreales).

La piscina es como esos cuartos oscuros que aquel famoso comunicador insistía en recomendarme.
Primero te metes en una de las calles del vaso. Así es el lenguaje de la piscina: lo que es la piscina de toda la vida, donde está el agua, se llama vaso; y uno, a pesar de la analogía, rechina los dientes de incredulidad. Y cada zona separada por esas cadenetas de plástico de colores, como si fuera la fiesta de fin de curso de primaria, se llama calle.

Bueno, pues te metes en una de las calles del vaso (sí, voy bien) y pronto te cruzas, tocas, estorbas con otros señores y señoras de los que apenas distingues una buena napia y un poco de la chepa, según estilo natatorio.

Todos vamos con nuestros gorritos (¿por qué no se llamará esto capuchón, o funda elástica o condón?, lo digo por complicar más el lenguaje acuático) y nuestras gafas que parecemos sacados de un videoclip popero de estos guays que se llevan ahora. Sí, de gente como muy transgresora, superjipi, superdejada, superencantada de ser guay, que se pone lo primero que pilla, así informal, todo del ABC Serrano...

Vamos, que mejor meter la cabeza debajo del agua y sacarla lo justo o nunca (según pulmones).

Pues así vamos cruzándonos, tocándonos, estorbándonos, a veces pegándonos un manotazo o, peor aún, una buena patada (el estilo espalda no es de dominio público pero a la gente le encanta practicarlo) sin saber quién es quién, como en el cuarto oscuro.

A veces, tras el impacto, uno eleva la cabezota como una tortuga en celo y mira a su agresor, que sigue como si nada, o se vuelve también, como otra tortuga. Nos miramos intentando averiguar quién se esconde debajo de esas pintas (a todos nos gusta saber quién nos toca la entrepierna o el cuádriceps aunque sea fugazmente).




Pero nada, no hay nada que hacer.

Luego, en el vestuario, la ducha. Miradas torvas, asesinas o sibilinas. Nada, ni rastro. Uno allí, desnudo, sólo piensa en salir lo antes posible. No por nada especial, pero sólo piensa en eso.

Mientras te vistes, tres cuartos de lo mismo: miradas torvas, asesinas o sibilinas. Luego coges tu bolsa, te peinas un poquito y te vas con tus marcas en nariz, ojos y frente (gorrito y gafas). Así, sin más.

El culpable está a salvo, nada como un cuarto oscuro para hacer lo que a uno "se le dé la gana".

Mañana otra vez a la calle del vaso con mi gorrito y mis gafitas, a hacer un poco la tortuga. A la piscina, vaya.



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martes, mayo 12, 2009

La Mascarilla

Pasó el terror, el pánico a la gripe indefinible que acabaron llamando "A". Me hizo gracia cómo empezó el rollo.

A los que embarcaban en México les hacían preguntas: ¿Te duele la cabeza? ¿te encuentras mal? Muy efectivo, la verdad.

Luego pasaron a pasar un cuestionario:
-Yo no entiendo el español y lo he tirado al suelo-contestó un viajero no-hispanohablante.
-Ole tus cojones-pensé.

Enseguida el primer caso en España:
-Coño, Albacete existe- me pasé ese finde pensando.
Allí se hizo un seguimiento especial a un paciente con síntomas similares a un catarro mal curado. Como si fuera E.T.
Luego otro caso, creo, y las cámaras filmando la ventana del dormitorio del joven enfermo. La ventana abierta, no se vaya el virus a deprimir dentro.

Ya aparecían las primeras mascarillas por los hospitales. Los pacientes aislados. Los que habían estado en contacto con el enfermo recibían un seguimiento.
-¿Les toman la temperatura o les hacen rellenar un cuestionario?-otra vez pensando.

Y en la tele cada telediario empieza con una cifra nueva: "5 casos más de gripe porcina"..."10 casos más de gripe A"..."España cuarto país en número de afectados".

¡España, España, España! Sólo nos acordamos de España para la Eurocopa y para las pandemias. El resto de ratos, todos a leches por pillar competencias (pasta, para los que acaban de empezar el plan Bolonia y confunden al Ché con Benicio del Toro).



Mientras en México jodidos. Todo suspendido, todos con mascarillas, besos sin lengua, iglesias sin rezos. Un desastre.

Mucho mejor se lo han montado en China:
-¿Que hay aquí cuatro mexicanos?...Nada, nada, se precinta el hotel y de aquí no sale ni entra ni Dios hasta ver si se ponen malitos-ahí me salió la querencia china, no sé si de comer tanto tres delicias o qué, pero me salió.

Ahora ya pasó. Ya vuelve todo a la normalidad. Ya no anuncian el número de contagiados.
Sí, amigos: Ya nos podemos contagiar tranquilamente, sin que te toquen las pelotas. Ya pueden seguir los virus mutando para devolvernos el triste favor que le hicimos a la Tierra.
-Nos estamos cargando el planeta entre todos-dijo mi tía un día. Simple pero sabia reflexión.

Nos centramos tanto en el Silicon Valley, en hacer manos ortopédicas, en descargarnos cosas y en perseguir a los que las "suben", en hacer coches que la gente compre (si se ponen de moda los eléctricos, pues los eléctricos, no hay problema), tanto anuncio con vidas de mentira, tanto spot de avance de series que luego no llegan al tercer capítulo; tanto llorar por las esquinas porque nadie tiene un pavo, ni trabajo, ni financiación, ni ganas de independencia. Tanto llorar los del Madrí, tanto sufrir los del Aleti, tanto gozar los de BarÇa: que si Florentino, que si Boluda, que si Guardiola, que si Iniesta es muy bueno. Tanto buscar cosas en google, tanto revender entradas de conciertos mastodónticos. Tanto Nadal, tanto Zapatero, tanto Rajoy, tanto Gürtel.

Tanto de todo que al final se nos ha olvidado que lo que importa es plantar tomates, mirar al cielo por si llueve y cuidar que los virus no muten.

Estamos jodidos, porque somos mortales e insignificantes, por mucha mascarilla que se ponga uno.



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domingo, abril 12, 2009

El teléfono de 3 cifras

Truman, o sea yo, está cobrando cuerpo y, como las vainas de "La invasión de los ultracuerpos", se ha ido apoderando de la realidad real que es la vida alejado de los teclados, los ratones inalámbricos y los tuentis y esas cosas.



Pero bueno, alguna vez logran que vuelva al medio, aquí, a esta página de escritura visceral, sin gadgets, sin widgets y sin extrañas y atractivas plantillas.

Esta vez lo ha logrado el "Teléfono de 3 cifras".

El teléfono no paraba de sonar, diez veces mínimo al día, con este número parpadeando en la pantalla del móvil. Ese número no se coge, no se descuelga para encontrar al otro lado una promoción de voz digitalizada con una superoferta que dura una semana y por la que tienes que darte de alta bajo pena de 5 euros más IVA y cosas así. Ofertas que te dicen que pagas un minuto y hablas 100, que ya ves tú después de 100 minutos hablando las ganas de vivir que te pueden quedar.

Lo que más jode es que, mientras suena, tu teléfono no está operativo y encima se te gasta la batería. Total, que jode.

Pues nada, el numerito de 3 cifras sigue sonando; así ocurre durante unos cuantos días; hasta que las bolas de dragón Z entran en incandescencia total y llamas al número de atención al cliente. ¿Sabéis cuál es ese número? Sí, el mismo de 3 cifras.

Marcas y al otro lado ya no hay una máquina. Bueno al principio sí, una máquina que te informa de una promoción y te dice, además, que la conversación será grabada. Yo creo que esto lo hacen porque para fin de año editan un CD con los mejores momentos de la "Atención al Cliente" (los Attention Gold's) y se lo echan a los empleados en la cesta de Navidad, junto con las aceitunas rellenas y los espárragos.

Tras la máquina aparece una señorita que seguramente trabaja en condiciones medianamente malas y que seguramente vive en un país donde su sueldo no alcanza ni para comprar palomitas en el cine (bueno, al paso que va la burra, no nos alcanza para esto ni el de aquí).

La señorita te trata con amabilidad y se hace eco de tu petición.
-Por favor, me gustaría que no me volviera a llamar el nºnºnº.
-Seguramente es una promoción que le puede a usted interesar.
-Sí, ya, pero es que no quiero que me vuelva a llamar. Porque sin exagerar (exageras) me llama más de veinte veces al día.
-De acuerdo, Sr. Truman, anoto aquí su petición. ¿Necesita alguna cosa más?
-No, gracias.
-De acuerdo. Solamente comentarle que hay en estos momentos una promoción de llamadas. Por cada minuto puede hablar 100...

Aquí estás a punto de colgar a la amable señorita. La única pega es que no sabes dónde se encuentra la oficina ni si tendrás cuerda suficiente y coartada.
(Festival del Humor Negro)

En lugar de mandarla a tomar por la zona basal de un vaso, contestas:
-¿Y estas ofertas se pueden estudiar también a través de internet?
-Sí, a través de la Zona de Clientes.
-Vale, pues ya las miro por ahí, gracias.
-Muchas gracias por su llamada, Sr. Truman y buenas tardes.

Por fin te libras del numerito de los cojones.

¿O no?

El teléfono vuelve a sonar. Podría ser el Sr. Cliente Torrezno, o el chisposo Proveedor de Actuaciones, pero no. Es él, de nuevo.

Recuerdas en esos momentos la peli "El diablo sobre ruedas", donde un camión fantasma no paraba de perseguir a Dennis Weaver (nuestro detective McCloud, para los más viejunos)





Piensas que debe ser que aún no han hecho efectiva tu "nota" pero, como estás harto, esta vez lo coges.

-Esto es una encuesta sobre el servicio que le acaban de prestar - dice una máquina.
-Valore de 1 a 5 las siguientes cuestiones.
Algo así, dice, uno no se acuerda de estas cosas.

Y allí te ves contestando al puto "number"; a cada una de sus preguntas.
La encuesta dura poco, menos mal. Al final la máquina te da las gracias (mucho más agradecida que cualquier electrodoméstico de los que se tienen en casa, las cosas como son) y finalmente cuelgas.

Bueno, piensas, ya está. He sido un cliente bueno y les he hecho la puta encuesta de calidad. Ahora que cumplan ellos su parte.

Un minuto más tarde entra un mensaje en el móvil. Es de...

¡El teléfono de 3 cifras!

El mensaje dice algo así como: "Gracias por utilizar nuestro servicio. Estamos aquí para ayudarle".

Me eché a reír mientras mascullaba: ¡Hijos de puta!



jueves, marzo 19, 2009

La risa que cura

Con esta crisis que continúa dejando en la cuneta del paro cada día a más amigos (de los enemigos ni me preocupo).
Con estos telediarios escabrosos que abren la agenda informativa con sucesos lamentables pero no relevantes.
Con estos políticos tapándose de mala manera las vergüenzas (las que les quedan).
Con estos líderes religiosos propios de la Edad Media, de tiempos oscuros, de "olor a manío".
Con estos banqueros generosos que no atienden las llamadas, las peticiones ni aceptan pagarés porque no les sale de los huevos.
Con esta manera de endeudarnos entre todos garantizando no sé qué solvencia de empresas que se van a pique y a la vez reparten comisiones entre sus directivos.
Con este pacto por bajarnos todos el sueldo (los curritos, vaya), otra vez el esfuerzo de "entre todos" reducido a la clase trabajadora.
Con estos líderes de opinión intentando llenar espacio en el medio a base de conectar con la Bolsa una y otra vez.
Con todo este panorama me entrego, como siempre, a la risa.
La risa que cura:
La parodia de José Mota
El sarcasmo de "El Gran Wyoming"
La excentricidad de Flipy.



La acidez de Ángel Martín
La paranoia de Muchachada Nuí
O el buen rollo de Pablo Motos
Y la energía de cualquier cómico que se sube a un escenario.

La risa me cura, Dios te salve, risa, a tí.



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lunes, febrero 23, 2009

El Vendedor Idiota

Suele pasar. Uno es idiota con unos y adorable con otros. Así.
Me imagino que Punset tendría mucho que decir al respecto. Yo, no mucho.

El otro día, inmerso en mis días de derroche por culpa de la crisis (sí, paradójicamente la crisis me ha empujado a ello), me encontré con un vendedor, un vendedor idiota.

A ver, se supone que tú, como vendedor, no como persona, no como tío que se quiere follar a la persona que tiene delante, no como tío que quiere invitar al cine al que tiene delante, no como tío que quiere ser solidario con el que tiene delante, no como tío que quiere ser servil con el que tiene delante, no como tío que quiere ser simpático con el que tiene delante, no como tío que quiere ser locuaz con el que tiene delante, al menos, querrás venderme algo.

Pues no, resulta que no. Que está más preocupado por follarse a la persona que tiene delante, invitar al cine al que tiene delante, ser solidario con el que tiene delante, ser servil con el que tiene delante, ser simpático con el que tiene delante, ser locuaz con el que tiene delante.

Y no, querido vendedor idiota. Yo sólo quiero que me busques el producto que te estoy pidiendo; que si lo tienes, me lo vendas y que si me quieres ofrecer algún producto adicional tipo Multigarantía, Supergarantía, Megagarantía, Ultragarantía, Teragarantía, Hipergarantía, Chachigarantía, Magicgarantía, Extragarantía, Maxigarantía, y te digo que no me interesa,
no me mires como si fuera tonto por no aceptarlo, de verdad, corres un riesgo inesperado.

Los clientes a veces reaccionan de forma inesperada ante tu mirada de prepotencia frustrada.
Puede que decidan no comprar, devolver el producto, escupirte, pegarte una hostia, tratarte con igual prepotencia, hablar con el encargado, poner una reclamación, esperarte a la salida, saltar por encima del mostrador y sepultarte entre cajas, insultarte a voces, entrar en una crisis destructora o tirarse un pedo y pirarse de allí. Y en definitiva, cualquier cosa.

De verdad. El comprador y el vendedor, lo dos, podemos ser idiotas aun siendo personas adorables. Pero si uno de los dos lo tiene claro, no lo jodas, vendedor idiota.


lunes, febrero 09, 2009

El Servicio Público

No es cuestión de hablar de váteres en lugares alejados del hogar, no. Bueno, quizá sí, quizá en otro momento o quizá esto lo cuente otro, que yo el tema de aguas menores o mayores lo llevo bastante interiorizado.

Aunque algo de cloaca hay en esto del servicio público. Y todo porque a la gente no se la evalúa correctamente para el puesto que va a desempeñar ni se la advierte de sus obligaciones y responsabilidades.
Para trabajar en un servicio público parecen obvias dos aptitudes:
Ser servicial, es decir, disfrutar ayudando a los demás.
Y saber tratar de cara al público, sea este como sea.

Hay mucho cantamañanas, tanto a un lado como al otro del mostrador, pero el que da el servicio debe saber que su responsabilidad está en conducir la situación y tratar al "cliente" lo mejor posible.

Pero cuando uno hace "¡toc,toc!" en una ventanilla de la administración pública te puede pasar de todo.
Desde que te atiendan de una forma correcta, agradable y con espíritu servicial, es decir, alegrándose de haberte servido para algo con su gestión, o que te traten sin saber de dónde les viene el sueldo y qué es lo que realmente hacen allí.

Por eso, es normal que te digan:
-Espérate un ratín, que ha ido a tomar café.

O cosas como:
-¡Uf!, es que a la una cerramos y ahora no te puedo atender.
-Ya pero son menos veinte.
-Sí, pero entre que fichamos y tal, no me da tiempo. (algunos no entienden la diferencia entre horario de atención al cliente y horario laboral).
-Ya pero es que no soy de aquí y no puedo hacer la gestión otro día.
-¡Eso lo mandas por fax y ya está!

Que tú piensas: "¡Haber empezado por ahí, lustroso hombre!". Lo de lustroso es porque hace un lustro que no se lava la cabeza ni coge un lápiz, entre otros mínimos imprescindibles.

En general, flota en el ambiente que el funcionario de turno lo que te hace cuando te arregla un papel o te pone un sello, es un favor. Favor por el que tienes que estarle agradecido el resto de tu puta y miserable vida.

Y tu nivel de exigencia sobre el sujeto-servidor es comparable al que tiene un mosquito que reclama parte de la bombilla como territorio propio.

Eso sí, en cuanto hay un rumor de privatización: Todos a la calle a matar incluso por defender lo suyo. Sí, yo también mataría por poder hacer la compra en mis horas de trabajo, tener un horario reducido y un sueldo cuanto menos curioso.

También es de una grata sorpresa descubrir que en la ventanilla que pone "IRPF" te miren como si estuvieras buscando un cubo de Rubik con forma de melón al preguntar algo sobre la declaración del IRPF. Sí, del IRPF, no de las lechugas mutantes de Soria, ni de la diarrea retrocircular del búfalo de agua. No, amigos, en la ventanilla que pone "IRPF" es nombrar algo con estas siglas y a la funcionaria le entran ganas de vomitar. Creo que, si pudiera, daría a un botón debajo de la mesa para que el de seguridad se me llevase a patadas fuera del recinto.


El espíritu servicial también tiene mucho que ver con la sonrisa. No digo irte de cañas con el ventanillero, tampoco que te rías a carcajadas de mi nervioso chiste lanzado como señuelo para una agradable aunque corta relación social. Hablo simplemente de no tener cara de estúpida prepotencia, de cenutrio con patillas, de tontorrona legañosa.

De esto saben mucho los que te examinan en una oposición, que te miran mientras lees como si les estuvieras amargando no ya la mañana, sino la vida entera. Ponen caritas que a veces no evalúan hasta qué punto uno no estaría dispuesto a tirar el examen al suelo y ponérsela del revés. Tal es el grado de crispación que llegan a provocar con su indiferencia y descompostura.

Los tribunales, al igual que muchos profesores, no son conscientes que están ahí para servir y para ayudar, por encima de cualquier otro requerimiento, plan estatal o dogma que uno quiera "intravenarse".

La persona perteneciente a eso que se llama Servicio Público no es diferente de cualquier otra, pero tiene que entender que en su papel, en su competencia, está serlo.

Mañana me las veré con uno de estos retratados crispantes. Ya veremos cómo acaba el tema. Espero que no como las cuentas de la amiga Aurora.




Dedicado a todos los que sí me trataron bien.


miércoles, diciembre 31, 2008

Las Plantas

Aprovechando el final del año todo bicho viviente con voz o teclado elabora algún resumen del mismo, o una lista con los mejores momentos, las mejores canciones (unos hacen una lista de 10 otros de 5), las películas, las fotos más poderosas, los hechos más lamentables...los triunfadores del año, los deportistas del año...


Todo el mundo hace balance o lista de propósitos (yo también, una vez), o una selección de los vídeos más vistos o más graciosos (hay que ver la cantidad de gente graciosa que hay)...

Todo esto para que luego nos echen a las 2 de la mañana "Siete novias para siete hermanos" (lo hicieron en Nochebuena), que no sé si queda algún abuelo en una residencia de sospechoso nombre, estilo "Residencia El Ocaso" o "Residencia El Último Suspiro" que la haya visto en el cine.
¿Qué película nos pondrán en Nochevieja? Yo siempre apuesto por "Grease" o "El coloso en llamas", pura estadística.

Aprovechando el fin del año, decía, todo el mundo intenta comprimir en un par de frases, titulares, enumeraciones una inmensidad de sensaciones, noticias, miradas, imágenes, emociones, acontecimientos. Imposible.

Aprovechando pues, el fin del año, voy a hablar de mis plantas.

Están bien, aunque les da el sol lo justo (pocas horas y poca exposición directa) y yo las riego cuando me acuerdo con un criterio extraño.

Un par de cintas están como siempre, no se quejan, aunque tampoco están muy bonitas.
Una "alegría" se puso a estirar en el período vacacional, donde visitó tierras más húmedas y soleadas (la dejé en otra casa) y ahora aguanta como puede en un entorno hostil, pagando el precio de crecer tan rápido.

La del dinero está cojonuda, verde, verde. Será por lo de la lotería.
La que parece un árbol tropical (yo es que de nombres de plantas, el perejil y poco más) está igual que cuando vino envuelta en papel de regalo. Bonita hasta el macetero.

Luego está la que nos dieron en la casa okupa: "Aquí lo compartimos todo". La planta era de una que estuvo por allí y ya no estaba. Ésta también pegó un estirón vacacional y parece que aguanta. Normal: está acostumbrada a compartir.

La que está jodida de verdad es mi planta-árbol, que estaba hecha un roble (valga la comparación) cuando crecía a duras penas en un bote de Mistol cortado y listo para hacer botellón que acabó de maceta improvisada y duradera. Desde que la trasplanté no ha vuelto a ser la misma y se le caen los troncos a trozos. Pero se salvará...digo yo.
El último en venir es un cactus, chiquitito y que le pasa como a mí: aguanta sin beber agua lo que le echen. Ahí está en la estantería, de momento no ha dado signos de envejecimiento prematuro: Residencia "El Cactus Sequito".

Pues eso, que las plantas bien, y el 2009, seguro que de puta madre, con listas, resúmenes o lo que sea.



Yordeguandaraguón...