miércoles, marzo 27, 2013

Asun Serra


Uno conoce a Asun Serra y queda tocado con su energía. Su entusiasmo sólo es comparable con su talento en escena y su verborrea. Sí: esta mujer no para de hablar.
Conecta palabras, adjetivos y entonaciones de voz como nadie en el mundo mundial de todos los mundos posibles reales o inventados, cristianos, ortodoxos o marxistas.

A Asun le cuesta escribir los textos en papel. Dice que los imagina y los vomita en la cocina, en el coche o donde haga falta hasta subirlo al escenario y deleitar con su frescura a los que están al otro lado del micro. Y se obliga a inventar siempre, a no quedarse con lo que funciona ya, a disfrutar con cada línea nueva que tira al aire, a veces hostil, que la escruta.

Va de “maru”, de comprometida, de loca de atar. Pero sobre todo va de acá para allá. Y ahora, después de leer su sencillo y emotivo libro “Mujeres de alas rotas”, creo saber por qué.
Asun Serra busca sus alas, aquellas que tuvo y que ahora nota haber perdido a pesar de todo lo bueno que tiene.
Por eso es capaz de chuparse 500 kilómetros en una noche; llevar gafas de sol cuando aún no ha salido éste; subirse a un pub; llegar a besar a su pequeña; dormir lo justo; ducharse y salir de nuevo con el coche rumbo a no sé qué otra movida. Todo por encontrar sus alas.

Triunfó en su momento en la radio, luego hizo las américas, con tiros de por medio y tocada de vida sin envoltorio ni tenedor. Hace unos años pensó que esto de los monólogos podría funcionar y se lanzó a ello. Por medio se le cruzó la televisión, donde revolucionó y fue el alma máter (nunca mejor dicho) del programa “La tarde con Cristina” en la tele de Castilla y León.

Con tanta fuerza se lanzó que gana todos los certámenes que se propone y pierde también estrepitosamente aquellos que vienen cruzados por no se sabe muy bien qué maldades o asincronía emocional de la artista con la vida.

Esta chica promete y consolida, achucha y se relaja, compra pan y bebe cocacola. Es un ángel con alas, pero creo que no lo sabe.

lunes, febrero 18, 2013

Premios Goya 2013 – El ánimo de un guión desanimado


Me gusta ver los Goya, también para criticarlos, pero no sólo. También los veo porque me gustan sus momentos emotivos,  por ver a algún premiado que pronosticas subiendo al escenario y por simple curiosidad.



Esta gala ha sido bochornosamente larga. No sé si ha sido así crono en mano, en mis neuronas sí. He bebido lo justo para llevarla lo mejor posible: lo juro.

El guión endosado a la habilidosa Eva Hache estaba muy poco trabajado, parece que les pilló el toro de Blancanieves. Los chistes eran de premisa infinita y remates previsibles. Tediosos también en su machacona insistencia política: los chistes de política necesitan de más vueltas para llegar a ser siquiera ingeniosos. Mal, muy mal.

Para colmo, todo el mundo haciendo el chistecito del “sobre”, que se vengó con la jugarreta “ugartiana” a la mejor canción: impresentable error y gestión posterior del mismo.

El discurso del “jefe” de la Academia, aparte de la disculpable capacidad oratoria, fue en una línea victimista muy habitual. Ver tanta burguesía rasgándose las vestiduras da un poquito de vergüenza ajena, la verdad.

Por eso nos rendimos todos a la frescura y visceralidad de Candela Peña, que recibe un Goya y denuncia su propia precaria situación, esa sí, nada burguesa. Por eso se nos atraganta tanta cita a los recortes, tanta alusión facilona que derrite la protesta. Pocos activistas había en la sala, que no lo sean, por favor, ese ratito que suben ahí: no nos lo creemos, vaya.

Eso sí, que cada uno diga lo que quiera, como apuntaba Fernando Trueba antes de aguantar, con absoluta serenidad (ya le ha pasado más veces), cómo las nominaciones a “El artista y la modelo” se quedaban en eso, que no es poco.


Gracias a tanta proclama y gracias al pobre guión, la gala no ha tenido ritmo desde la primera frase de Eva Hache. Ni los “chanantes” se libraron del atontamiento general. Me imagino que el director/realizador tendrá algo que ver en todo este mal fregao.

Tampoco entiendo esos planos generales donde la gente se levanta para ir a mear, sube escaleras, se come medio encuadre, como si aquello fuera un vídeo de “Mi gran boda gitana”.

Pero el momento que me ha dejado estupefacto ha sido cuando Eva Hache se ha puesto a hacer un monólogo sobre el original tema de ¡los móviles!
No sé si estaba tirando de material de su época de bolos mal pagaos al ver que con el guión aprendido “pinchaba” o fueron los guionistas los que tiraron de su material antiguo y lo maquillaron un poco para actualizarlo. Que va a ser esto. Penoso.

Como penoso fue ver cómo se dirigía a cada uno de los nominados a mejor película con un texto que apenas dibujaba una sonrisa de cortesía en los receptores. Ya ni siquiera se molestaron de que hubiera un remate malo. Era simplemente Eva Hache luchando por hacer graciosas unas líneas que podría haber escrito el mismísimo González-Macho.



Como me había puesto con la mala baba casi se me olvida comentar la rabia con que Bayona recogía su Goya (sentimentalismos aparte) tras tanta cera como se da en este puto país a la peña que hace taquilla.

También se me olvidaba comentar cómo he gozado con el speech de Concha Velasco, todo preparadito y lleno de vitalidad y verdad; cómo he entendido el bloqueo de Fernando Guillén Cuervo, que sólo tenía que decir “Y los finalistas...” y poco más, cuando segundos antes su hermana mencionaba a su padre fallecido; y cómo me mola ver a Macarena García, a Joaquín Núñez y a Julián Villagrán con el cabezón al lado.

También me alegro que “Tadeo” haya tenido su reconocimiento, porque estas producciones se las traen. La animación es un terreno difícil y lleno de generosidad por parte de los que curran ahí.
Y eso, animación, fue lo que no tuvo esta gala, a la que sólo le faltó que hubiera salido el ministro medio borracho y contando chistes sobre Ana Mato.



domingo, septiembre 30, 2012

Extremoduro ya sabe tocar EnVivo

Cuando los Extremoduro sacaron el anterior disco, "La ley innata" (2008), Robe Iniesta de mi vida dijo algo así, perdón por las comillas porque no es literal: "Ahora ya hemos aprendido a tocar".

Anoche, 29 de septiembre de 2012, ante más de 40.000 personas de todos los palos, camisetas y edades (muchos de esos se podían haber quedado en su casa actualizando el tuenti, también te digo), Extremoduro demostró lo que sabe y ha aprendido a hacer.

No tenían que demostrar nada. Podían haber seguido tirando de multitud de éxitos y hubieran tenido botando al personal durante el maratoniano concierto (3 pases en más de 2 horas y media de recital). Pero no. Siguen explorando y agudizando el ingenio; siguen buscando el sonido, más depurado, más sincronizado; más enteros que nunca.

Anoche Extremoduro lo reventó, por supuesto que sí. Pero lo reventó haciendo valer no sólo la experiencia de años acumulando adeptos, creando leyenda, lanzando himnos. Lo reventó haciendo un derroche de virtuosismo, de puesta en escena, de regalo para las masas.

Su rock, el rock de anoche, lo coloca para este escribiente (para muchos ya lo sería), como el mejor grupo de rock español de la historia.



La entrada, la de estos absurdos festivales carentes de indignados que metan a los organizadores sólo 10 minutos a dormir en sus anegadas tiendas; salteados de organizadores que no saben identificar quién en su cliente y le empujan a la mínima y del "da igual que llueva. Sois muy majos y aguantáis"; la entrada, digo, valió la pena comprarla sólo por estar allí disfrutando de un excelente show que deja muy por debajo, extremadamente por debajo, a otros grupos que surgieron tras su estela, y otros que surgieron de estos otros. Y esto es lo más preocupante: la gente se hace una web antes de aprender a tocar la guitarra, y busca fechas antes de tener algo interesante que decir.

Extremoduro percutió de siempre las nalgas de los más escépticos, ahora, además, ya sabe tocar en vivo.




lunes, enero 30, 2012

Juan Carlos Córdoba: Ni pies ni cabeza

Toparse con este cómico de pasado sorprendente es toparse con una mueca de sonrisa y una mirada de “chaval, lo que se me acaba de ocurrir”.

Sí, Juan Carlos Córdoba tiene el humor en el coco. Tiene coco, vaya. Destroza cualquier estadística de frases bien enredadas, la mayoría con dos capas de grasa urbana y filosofía aconfesional.

Se sube a la Joy como a la tarima sostenida por cajas de botellines vacíos. No es que no le dé respeto, es que tiene temple. Porque está de vuelta de todo.

Escribió hace unos años ya, no muchos, en 2008, una novela: “Ni pies ni cabeza”, donde describía y descubría algo de su etapa viviente anterior. Sí, la que le llevó a realizar un ajuste de cuentas muy particular: entre cachondo y melancólico, amargo y directo, visceral y sentido. Una historia con final feliz y sabor agridulce. Quizá una historia necesaria para exorcismos varios. Y además, una historia la mar de entretenida.



Sí, su historia. La misma que nos cuenta cada noche que se sube y quita el pie del micro, como Juanito Oiarzábal el suyo (él lo cuenta mejor). La historia del que no renuncia a pasarlo bien en esta vida y que está en estado de gracia. La misma que le tiene que hacer a su tocayo Juancar que le tenga debajo de la almohada.

El proceso en Paramount Comedy es un proceso complejo que tiene muchas aristas. La gente que disfruta de un monólogo por el canal de televisión o en directo en la sala solo ve, y así debe ser, el resultado final. Pero detrás hay mucho curro, de mucha gente.

Córdoba es capaz, ante toda esta red de redes que se tejen durante una grabación, de salir al escenario, soltar su texto, que la peña ría y aplauda y conecte al segundo y encima permitirse el lujo de hacer referencia a los textos de sus compañeros de tablas ese día. Ir y volver, salirse y regresar, reforzado, inmenso, con la sala entregada, uhalaaa!

Una lección de comedia para muchos, una razón más para odiarle de otros.




Este es Juan Carlos Córdoba. Cuando te lo topes tendrá una mueca de sonrisa y una mirada de “chaval, lo que se me acaba de ocurrir”. Lo mismo es un chiste sobre ti. Es así. Uhalaaa chaval!


viernes, octubre 14, 2011

Pablo Gime: El Verbo

Hablar de Pablo Gime es hablar del Verbo.



Pablo es un no parar. Tiene un verbo insano,
-atrevido,
-jocoso,
-tremebundo,
-sórdido,
-casposo,
-cañí,
-gato,
-grotesco,
-soberbio,
-innato,
-metalingüístico,
-rapaz,
-veloz,
-perpetuo,
-eterno,
-hilarante,
-actual,
-posterior,
-precoz,
-natural,
-sabido,
-recóndito,
-salaz,
-aplaudido,
-sorprendente,
-maravilloso,
-único,
-mordiente,
-propio,
-descabellado,
-infame,
-bestial,
-rápido,
-ágil,
-caótico,
-sagaz,
-atrevido,
-ocurrente,
-gestual,
-lírico,
-simiesco...

Pablo Gime adorna cada frase, matiza la oración, le da gesto, pose, pausa. Acompaña la reflexión. Le da textura al hecho mismo del humor. Crea risa, provoca comedia.

Charlar con Pablo es pedir a Dios una cámara de vídeo y una toma larga para que quede todo tal cual sucede: con su tercio, su cigar, su mirada, su gestito, su voz.

Estar con él es estar en la laguna de la comedia pura. Sacar de la roca la Excalibur de la parodia. Encontrar la piedra filosofal: tener respuesta para todo a un ritmo infernal. Encadenar chistes, rimas, comentarios, neologismos, comparaciones odiosamente buenas. Relacionar el antes y el ahora, llenar de tréboles de cuatro hojas la llanura de la rutina, inventarse una religión atea y segada de iconografía barata.

Buscar un diezmo para este proxeneta de la humorada, que nos explota como los malos en las películas: con honor y glamour.

Pablo Gime no tiene texto, crea evangelios cada quince minutos. Rodea, atrapa, cautiva.

Uno se hace correligionario de su extraña carrera cómica. Abandona sus sentidos y venera al creador.

Pero Pablo Gime, además, es un buscavidas sin sueldo, es el tipo que en los western te cuenta su azarosa vida: lo mismo un cigar con Natalie Portman que una sesión con Resines; que una anécdota con el coronel o con el mango de una gasolinera.

Una vida marcada por la supervivencia, por la cuerda floja, por el estrés del control parametrizado, por las dudas, por el arrojo y por el convencimiento de que John Wayne está de vuelta y eso neutraliza a cualquier indómito pardillo que se acerque a curiosear.

Con Pablo Gime puedes llegar a parar el coche porque te mueres de la risa. Utiliza el bucle como nadie, marca tendencia y destroza cualquier método cognitivo sobre el humor. En definitiva: Nos deja a todos a la altura del betún más adiposo y negruzco.


En la comedia hay sitio para todos, pero siempre, ese sitio, lo ha dejado libre Pablo Gime para tí.

Él es Pablo Gime. Él es El Verbo.

miércoles, julio 27, 2011

Miki Maka (El Show)

Entrar al Show de Miki Maka es como recibir un fuerte abrazo de cariño y buen rollo. Desde que comienza el show, con temas que te dan la bienvenida, hasta la despedida, con temas que te invitan a salir canturreando la grandeza que provoca el escenario, uno se ve enganchado por la energía y el sentido del humor de Miki Maka.

Lanza verdades como puños, nos hace viajar a los 80's y los 90's. O nos descubre, con enormes sketchs, los problemas de comunicación del consumidor medio.

La televisión, la música y lo que nos une en nuestra idiosincrasia forman una parte importante del show. Desde su particular prisma no da tregua al aplauso, a la risa. El público no para de reír y ya está aplaudiendo por otra cosa. Su compañero de andanzas, Charlie Beluga, le da réplica, soporte y apoyo. Miki se mueve, se para, hace el ganso. Una auténtica demostración de lo que debe ser un espectáculo.

Uno lo ve dominando la escena y a la vez disfrutando con lo que hace. Tiene ese puntillo de locura que hace que todos vibremos con un show vivo, físico, movido.




Miki Maka tiene el corazón en el estómago y desde allí te va soltando todo lo que quieres oír y más.


Miki suda la camiseta, la empapa. A la salida, todos se llevan su "hasta luego", su "gracias". Yo le doy un abrazo y noto el frío del que se ha vaciado esta sesión, como todas, dándole al público más de lo que esperaba. Dejándolos pensando, recordando en su vuelta a casa; con ese regusto que te deja una experiencia que merece la pena, de esas que no te arrepientes haber decidido vivir.

Hoy Miki Maka está en la Gran Vía madrileña, en el Teatro Arlequín.


Te lo has currado, recoge tu premio y no dejes de sonreír.

viernes, julio 01, 2011

Hace tiempo

Hace tiempo que ya no te veo, decía la canción. Cuántos meses, per Deux sin asomarme al que había sido mi refugio epistolar en el mundo de la epístola muerta. Mundo donde la sentencia se ha convertido en la única manera de comunicarse.

Tengo tantos temas apuntados sobre los que eructar "buenos provechitos" y "gónadas hinchadas" que de momento me conformo con llenar de caracteres ordenados esta falsa página en blanco, que no puedo arrugar si no me gusta, ni tachar. Bueno, un poco en plan cool sí: tachar.

El que necesita escribir sabe de lo que se habla. Como cuando uno dibuja por dibujar, que siempre empieza por el mismo gesto, el mismo primer trazo y luego, dejándose llevar en musarañosos pensamientos, expresa, sin saberlo, un contenido ya vertido de su continente etéreo, de su encefalea productiva.

Ahora que escribir, ordenar, depurar se ha convertido en una rutina, se me ha olvidado que este era mi paraíso de cuando tenía poco tiempo y el poco que tenía lo concentraba en crear.

Releer mis propias mierdas me hace grande y pequeño a la vez. Un pudor explícito y una vanidad implícita pugnan sobre mis sentidos de la realidad pero ambos me animan a seguir leyendo, como el que ve una peli que aún no sabe si le gusta o no pero es incapaz de cambiar de canal.

Al final, aunque público, no deja de ser un diario íntimo, una huella de un tiempo compartido con el resto, esos otros que andan por ahí mientras tú duermes, y duermen mientras tú bebes.

Un tiempo que ya no se abalanza, y creo que eso es bueno. Un tiempo que sigue mis movimientos, que entra en resonancia con mi biología y no la entorpece. Un tiempo ilimitado para morir despacio. Una estancia donde uno sigue sin verse pero se intuye mejor. Y sí, creo que eso es bueno.

Pero sí, lo dicho, hace tiempo que no me paso por aquí y hay necesidad. Escribir. Dejarse ver. Mentirse y arrojarse. Arrojar y mentir. Morderse la lengua para luego tirar la parte sobrante. En fin. Hace tiempo.