lunes, enero 30, 2012

Juan Carlos Córdoba: Ni pies ni cabeza

Toparse con este cómico de pasado sorprendente es toparse con una mueca de sonrisa y una mirada de “chaval, lo que se me acaba de ocurrir”.

Sí, Juan Carlos Córdoba tiene el humor en el coco. Tiene coco, vaya. Destroza cualquier estadística de frases bien enredadas, la mayoría con dos capas de grasa urbana y filosofía aconfesional.

Se sube a la Joy como a la tarima sostenida por cajas de botellines vacíos. No es que no le dé respeto, es que tiene temple. Porque está de vuelta de todo.

Escribió hace unos años ya, no muchos, en 2008, una novela: “Ni pies ni cabeza”, donde describía y descubría algo de su etapa viviente anterior. Sí, la que le llevó a realizar un ajuste de cuentas muy particular: entre cachondo y melancólico, amargo y directo, visceral y sentido. Una historia con final feliz y sabor agridulce. Quizá una historia necesaria para exorcismos varios. Y además, una historia la mar de entretenida.



Sí, su historia. La misma que nos cuenta cada noche que se sube y quita el pie del micro, como Juanito Oiarzábal el suyo (él lo cuenta mejor). La historia del que no renuncia a pasarlo bien en esta vida y que está en estado de gracia. La misma que le tiene que hacer a su tocayo Juancar que le tenga debajo de la almohada.

El proceso en Paramount Comedy es un proceso complejo que tiene muchas aristas. La gente que disfruta de un monólogo por el canal de televisión o en directo en la sala solo ve, y así debe ser, el resultado final. Pero detrás hay mucho curro, de mucha gente.

Córdoba es capaz, ante toda esta red de redes que se tejen durante una grabación, de salir al escenario, soltar su texto, que la peña ría y aplauda y conecte al segundo y encima permitirse el lujo de hacer referencia a los textos de sus compañeros de tablas ese día. Ir y volver, salirse y regresar, reforzado, inmenso, con la sala entregada, uhalaaa!

Una lección de comedia para muchos, una razón más para odiarle de otros.




Este es Juan Carlos Córdoba. Cuando te lo topes tendrá una mueca de sonrisa y una mirada de “chaval, lo que se me acaba de ocurrir”. Lo mismo es un chiste sobre ti. Es así. Uhalaaa chaval!


viernes, octubre 14, 2011

Pablo Gime: El Verbo

Hablar de Pablo Gime es hablar del Verbo.



Pablo es un no parar. Tiene un verbo insano,
-atrevido,
-jocoso,
-tremebundo,
-sórdido,
-casposo,
-cañí,
-gato,
-grotesco,
-soberbio,
-innato,
-metalingüístico,
-rapaz,
-veloz,
-perpetuo,
-eterno,
-hilarante,
-actual,
-posterior,
-precoz,
-natural,
-sabido,
-recóndito,
-salaz,
-aplaudido,
-sorprendente,
-maravilloso,
-único,
-mordiente,
-propio,
-descabellado,
-infame,
-bestial,
-rápido,
-ágil,
-caótico,
-sagaz,
-atrevido,
-ocurrente,
-gestual,
-lírico,
-simiesco...

Pablo Gime adorna cada frase, matiza la oración, le da gesto, pose, pausa. Acompaña la reflexión. Le da textura al hecho mismo del humor. Crea risa, provoca comedia.

Charlar con Pablo es pedir a Dios una cámara de vídeo y una toma larga para que quede todo tal cual sucede: con su tercio, su cigar, su mirada, su gestito, su voz.

Estar con él es estar en la laguna de la comedia pura. Sacar de la roca la Excalibur de la parodia. Encontrar la piedra filosofal: tener respuesta para todo a un ritmo infernal. Encadenar chistes, rimas, comentarios, neologismos, comparaciones odiosamente buenas. Relacionar el antes y el ahora, llenar de tréboles de cuatro hojas la llanura de la rutina, inventarse una religión atea y segada de iconografía barata.

Buscar un diezmo para este proxeneta de la humorada, que nos explota como los malos en las películas: con honor y glamour.

Pablo Gime no tiene texto, crea evangelios cada quince minutos. Rodea, atrapa, cautiva.

Uno se hace correligionario de su extraña carrera cómica. Abandona sus sentidos y venera al creador.

Pero Pablo Gime, además, es un buscavidas sin sueldo, es el tipo que en los western te cuenta su azarosa vida: lo mismo un cigar con Natalie Portman que una sesión con Resines; que una anécdota con el coronel o con el mango de una gasolinera.

Una vida marcada por la supervivencia, por la cuerda floja, por el estrés del control parametrizado, por las dudas, por el arrojo y por el convencimiento de que John Wayne está de vuelta y eso neutraliza a cualquier indómito pardillo que se acerque a curiosear.

Con Pablo Gime puedes llegar a parar el coche porque te mueres de la risa. Utiliza el bucle como nadie, marca tendencia y destroza cualquier método cognitivo sobre el humor. En definitiva: Nos deja a todos a la altura del betún más adiposo y negruzco.


En la comedia hay sitio para todos, pero siempre, ese sitio, lo ha dejado libre Pablo Gime para tí.

Él es Pablo Gime. Él es El Verbo.

miércoles, julio 27, 2011

Miki Maka (El Show)

Entrar al Show de Miki Maka es como recibir un fuerte abrazo de cariño y buen rollo. Desde que comienza el show, con temas que te dan la bienvenida, hasta la despedida, con temas que te invitan a salir canturreando la grandeza que provoca el escenario, uno se ve enganchado por la energía y el sentido del humor de Miki Maka.

Lanza verdades como puños, nos hace viajar a los 80's y los 90's. O nos descubre, con enormes sketchs, los problemas de comunicación del consumidor medio.

La televisión, la música y lo que nos une en nuestra idiosincrasia forman una parte importante del show. Desde su particular prisma no da tregua al aplauso, a la risa. El público no para de reír y ya está aplaudiendo por otra cosa. Su compañero de andanzas, Charlie Beluga, le da réplica, soporte y apoyo. Miki se mueve, se para, hace el ganso. Una auténtica demostración de lo que debe ser un espectáculo.

Uno lo ve dominando la escena y a la vez disfrutando con lo que hace. Tiene ese puntillo de locura que hace que todos vibremos con un show vivo, físico, movido.




Miki Maka tiene el corazón en el estómago y desde allí te va soltando todo lo que quieres oír y más.


Miki suda la camiseta, la empapa. A la salida, todos se llevan su "hasta luego", su "gracias". Yo le doy un abrazo y noto el frío del que se ha vaciado esta sesión, como todas, dándole al público más de lo que esperaba. Dejándolos pensando, recordando en su vuelta a casa; con ese regusto que te deja una experiencia que merece la pena, de esas que no te arrepientes haber decidido vivir.

Hoy Miki Maka está en la Gran Vía madrileña, en el Teatro Arlequín.


Te lo has currado, recoge tu premio y no dejes de sonreír.

viernes, julio 01, 2011

Hace tiempo

Hace tiempo que ya no te veo, decía la canción. Cuántos meses, per Deux sin asomarme al que había sido mi refugio epistolar en el mundo de la epístola muerta. Mundo donde la sentencia se ha convertido en la única manera de comunicarse.

Tengo tantos temas apuntados sobre los que eructar "buenos provechitos" y "gónadas hinchadas" que de momento me conformo con llenar de caracteres ordenados esta falsa página en blanco, que no puedo arrugar si no me gusta, ni tachar. Bueno, un poco en plan cool sí: tachar.

El que necesita escribir sabe de lo que se habla. Como cuando uno dibuja por dibujar, que siempre empieza por el mismo gesto, el mismo primer trazo y luego, dejándose llevar en musarañosos pensamientos, expresa, sin saberlo, un contenido ya vertido de su continente etéreo, de su encefalea productiva.

Ahora que escribir, ordenar, depurar se ha convertido en una rutina, se me ha olvidado que este era mi paraíso de cuando tenía poco tiempo y el poco que tenía lo concentraba en crear.

Releer mis propias mierdas me hace grande y pequeño a la vez. Un pudor explícito y una vanidad implícita pugnan sobre mis sentidos de la realidad pero ambos me animan a seguir leyendo, como el que ve una peli que aún no sabe si le gusta o no pero es incapaz de cambiar de canal.

Al final, aunque público, no deja de ser un diario íntimo, una huella de un tiempo compartido con el resto, esos otros que andan por ahí mientras tú duermes, y duermen mientras tú bebes.

Un tiempo que ya no se abalanza, y creo que eso es bueno. Un tiempo que sigue mis movimientos, que entra en resonancia con mi biología y no la entorpece. Un tiempo ilimitado para morir despacio. Una estancia donde uno sigue sin verse pero se intuye mejor. Y sí, creo que eso es bueno.

Pero sí, lo dicho, hace tiempo que no me paso por aquí y hay necesidad. Escribir. Dejarse ver. Mentirse y arrojarse. Arrojar y mentir. Morderse la lengua para luego tirar la parte sobrante. En fin. Hace tiempo.


miércoles, enero 05, 2011

2011 o la entrada del año

Penita, pena me estaba dando ya dejar este blog. Le cambié la apariencia, sí. Le puse unas cuantas secciones (con la "nueva" versión que me resistía a "ejecutar" es sencillo hacerlo). Y escribí un par de posts. Luego, ahí lo dejé. Sin dar explicaciones.

Ahora que arranca el año me pongo a ello, por aquello de los buenos propósitos y toda esa monserga.

Mi naturaleza, en todos sus sentidos, ha cambiado. Digamos que me he metamorfoseado, graciosamente y por suerte no en un insecto pesimista y limitado sino en un personaje público. O sea, más público. O, por así decirlo, más de cara al público. No, no soy cajero de un supermercado, puesto que idolatro constantemente, por cierto.

Todo este cambio tenía que verterse en este blog tan querido por mí o dejarlo morir, abandonado como si de basura espacial se tratara en el universo bloguero; acaso visitado por algún nostálgico ausente, o por un buscador de imágenes o de otros textos cuyo engañoso google le trajo hasta aquí para pasar tres nanosegundos en su territorio.

Sí, pensé que "renovarse o morir" era lo que debería aplicar a mi ente internauta, a mi mini-ego, igual que había hecho con mi avatar fuera de los teclados.

Pensé, sí, pensé mucho, pero el hecho es que el blog anda medio abandonado. Ahí están los números que reflejan el número de "posteos" por año:

Archivo del blog

► 2010 (08)
► 2009 (14)
► 2008 (43)
► 2007 (50)
► 2006 (46)

En fin, propósito de enmienda y collejita suministrada, pongámonos a vomitar un poco en este entrante 2011 que tiene buena pinta pese a los augurios externos.

2011 será el año en que la peña lo tenga jodido para fumar, eso está claro. Y muchos incluso para comprar tabaco. Porque parece que la economía anda fatal. Pero yo creo que la peña siempre tiene para tabaco y tiempo para echarse un cigar. Así que yo que los fumadores, no lloraría tanto.



2011 también parece ser que será el año del "reajuste". La peña habla de los datos macroeconómicos como si del parte meteorológico se tratase, como si no dependiera de "nosotros". Me puedo seguir reajustando, no hay problema. Hay gente que directamente se muere sin opción al reajuste, así que, no lloraría tanto.



2011 será el año en que España no ganará el mundial de fútbol. Entre otras cosas porque no se juega. Aún así, los bares seguirán llenos de aficionados más redichos que los tauromáquicos. Celebrando el gol de cualquiera, insultando la ceguera arbitral o jaleando las entradas a los enemigos. Así que, no lloraría tanto.



2011 será el año anterior al 2012, el que vaticinan los mayas como el del fin del mundo, la era, la civilización, el Apocalipsis o lo que puñetas sea. Esto supone más que tristeza o pánico una justificación más a la entrega al goce y a la banalización de los problemas, porque banales son la mayoría y no tan banales pero llevaderos, los otros. Así que, no lloraría yo, no.



2011 será el año internacional de la Química y los Bosques. Imagino que los taladores de árboles, los resineros, y alguna que otra tribu del Amazonas tendrán más días de vacaciones mientras la industria química no parará ni un puto día de llenar de mierda los ríos. Pero bueno, seguro que a peor no va la cosa. Se reunirán más unos cuantos señores con dietas escandalosas para ni siquiera hacer el paripé de que van a hacer algo. Pero vaya, yo no lloraría tanto y me esperaría a que algo tóxico se me meta en el ojo, por listo.



Y bueno, 2011 será el año de muchas cosas más. Entre ellas, la de a ver qué pasa con la Ley Sinde, la de las descargas. Pero para eso me reservo otro post, en breve, espero, quiero, deseo.




Ah!, 2011 es el año del conejo, según mi tendero.

jueves, septiembre 30, 2010

Soy un Hijo de Mutua

Soy un hijo de mutua, sí, no quedan más cojones. La obligatoriedad de tener ciertos seguros de coche o de incendios, más otros que uno "toma" al firmar la hipoteca, más otros que uno coge por miedo a lo desconocido o por pavor a la indigencia próxima, hace que todos seamos un poco hijos de la mutua.

Algunos anuncios (bueno, millares) no paran de meternos en el seso la puta cancioncilla, el erizo o el soniquete taladrador del aparato encarnado. Las empresas de seguros condicionan campañas electorales, tienen mucha pasta (la nuestra, no lo olvides) y la gastan a manos llenas para que su imagen sea la mejor posible, la más guay.

Sí, soy un hijo de mutua y me imagino que ellos, los que trabajan allí, los que están allí en nómina, también.

Trabajar en una empresa así, donde las cuentas siempre son buenas, vaya como vaya el país, estado o región, y se pongan como se pongan, es la hostia de bueno.

La hostia de bueno para el propio empleado, que pasa la vida como el típico funcionario objeto de nuestras burlas, ironías y chistes más o menos apropiados: Dame pan y dime tonto.

Otra cosa es el personal subcontratado. Mi experiencia como subcontratado de mierda en varias empresas del sector siempre ha seguido los mismos pasos.

Primer Paso: Somos Guay, Soy Guay, Soy, Soy, Soy

El ambiente al llegar es cojonudo. Te presentan a la gente, que baja a desayunar sin problemas, que mira internet cuando lo necesita sin problemas, que mira por la ventana, baja a comer a la cafetería o fuera, habla por teléfono en la escalera, hay movimiento, ritmo, risas, buen rollo, horario flexible, adecuado, no represor.
Uno acaba el primer día, el segundo y hasta el tercer día de trabajo pensando:
"Aquí se curra a gusto".

Segundo paso: Soy, Soy, Soy Guay, pero tú no puedes hacer el mismo horario que yo porque pagamos una pasta por ti a tu empresa cárnica

No sólo es que tengas que hacer otro horario, normalmente salir más tarde y recuperar la limosna de los viernes. No. Es que, si el horario de entrada es, por ejemplo, entre 8:00 y 8:30 y tú llegas a las 8:30, 8:40, 8:45 te conviertes poco menos que en un delincuente. Incluso puede que a tu jefecillo le guste que vengas a las 8:00. Si es así, de nada sirve que llegues a las 8:20, porque estarás llegando tarde igualmente.
Este jefecillo suele ser un personaje normalmente subcontratado que a base de lamer cuero y ajustarse al perfil, es decir, de pasar por toda la humillación que vas a pasar tú, consigue que le "hagan de la empresa", y se convierta en un hijo de mutua a fin de cuentas.

Tercer paso: Soy, Soy, Soy muy campechano pero te vigilo

Un día recibes una nota, mensaje, aviso. Casi nunca cara a cara, casi siempre bajo la farsa de la discreción. En este aviso te advierten de que miras mucho internet (capado, para los externos, hasta la náusea por no sé qué coño de política de mierda en pleno siglo XXI, donde internet facilita el trabajo y porqué no decirlo, desestresa de tantas horas pegadas a silla, escritorio, teclado y pantalla: en Google juegan al ping-pong, ¡no te jode!).

Desde entonces las contracturas en tu cuello y espalda, que ya eran muchas, se multiplican como si hubieras mojado un Gremlin tras la medianoche.


Orwell, mientras, se ríe desde su tumba:
-Te lo dije-piensa.

Sí. Te van discriminando y acorralando. Eres un trabajador de segunda y no paran de hacértelo saber: Etiquetan tu pantalla, restringen tu acceso al comedor, tu correo tiene un "ex", o un "pex" o algo que te identifique como "puto externo".
Por supuesto ni se te ocurra, mujer, quedarte preñada.

Cuarto paso: Soy, Soy, Soy comprensivo con tus problemas
Un día llegas tarde, porque una avería en el tren convierte en un caos al borde del Armagedón la ciudad. Solo te salva llevar en el Ipod a Aerosmith para aplacar tu ira y tu desazón (el sudor ya te lo secas luego con el abrigo quitado).
-No hay problema, no te preocupes- Suelen decir, mientras anotan en un cuaderno de tapas negras como su sangre tu nombre.



Otro día un familiar se pone muy enfermo, o le tienen que operar de urgencia, o eres tú el que está tan malito (no, no es resaca siempre) que avisas con que no puedes ir a trabajar.
-No hay problema, que te mejores- Y otra vez a la lista.

Ellos, los hijos de mutua reales, los que están ahí apoltronados, los que rinden cuentas a sus superiores sólo por no perder la costumbre del rebajo social y la degradación humana pero cuyas cuentas les importan un comino a todos, ellos sí, ellos pueden llegar tarde o no venir porque tienen que atender a su hijo enfermo, a su abuelo o a su hámster. Y nadie les pone en ninguna lista.

Quinto paso: Soy, Soy, Soy un vividor
Sí. Mientras tú estás más o menos a tu hora en el trabajo; mientras tú vas al médico y luego vuelves aunque sea para dos horas; mientras tú vas a tu empresa a no sé qué mierdas y luego regresas para que no se mosqueen los hijos de mutua, ellos llegan a la hora que les da la gana, se van cuando quieren, echan para comer dos horas, desayunan en otra, y luego un sinfín de cafés y viajecitos para conspirar con este o con aquel.
¿El resto del tiempo? Sí. Enseñar y ver fotos de las vacaciones (a veces en corrillo, apto solo para no externos; a veces en solitario, mientras divago un rato).
Pero todavía queda algo de tiempo y estos muchachos se aburren. Así que vigilo las veces que se levanta "mi subcontratado", las veces que habla por teléfono (puede ser relacionado con el trabajo o no, yo lo cuento siempre como que no), los correos que escribe (puede ser relacionado con el trabajo o no, yo lo cuento siempre como que no) y si se va antes que yo (pecado mortal, por supuesto).

Sexto paso: Soy, Soy, Soy un trabajador malo
Sí. No basta que para hacer cualquier cosa te tengan que dar infinitos permisos, que para mover cualquier dedo para hacer algo productivo antes tengan que mover los suyos cien mil hijos de la mutua. No basta que a pesar de que bloquean tu trabajo encuentres siempre la manera de avanzar, de insistir educadamente para que desbloqueen la producción, para que la cadena no se pare.
Da igual que haya cuatrocientos tontopollas inútiles, dinosaurios a punto de cascarla sin saberlo aún, al mando de herramientas obsoletas, procedimientos caducados y sobre todo con muy poquita voluntad de hacer algo que no sea reenviar correos chorras o jugar al paddel. Da igual.
Tú, puto externo, eres el culpable de todo. Tú, puto externo no haces bien tu trabajo.
Tú, puto externo, subcontratado de mierda, estás fuera, por malo, por irresponsable, por faltón.

Séptimo paso: Soy, Soy, Soy un falso y un cobarde
Sí. Porque tú, eres todo eso pero tu jefecillo, el jefecillo paternal, compañero, guay, guay, guay, que ha sido compresivo con tus "deslices", que ha sido solidario con tus problemas familiares, que tiene un lado humano que ni te lo imaginas, te da una patada en el culo pero te enteras por la vía "legal", que es a través de tu empresa, la que te paga la nómina.
Sí, hijo de mutua, eres un falso y un cobarde y ahí está tu grandeza. Lo estás haciendo muy bien, que diría la canción.
Tú vendes Disneyland Resort París en tu departamento, pero en el fondo (bueno, no tan en el fondo) no tienes un puto amigo en toda la puta empresa. Eres un Joker más en un mundo de Jokers. Y punto pelota, mendrugo.



Octavo paso: Soy, Soy, Soy libre

Al final, como el Octavo Pasajero, te sientes liberado cuando sales (sí, el Alien es el bueno de la peli). Ríes y respiras, aunque siempre te queda ese puntito de rencor que te hace desear el mal a los bichos que has dejado atrás. Y ese punto de pena al dejar también atrás a otros como tú, remando al ritmo que decida el cónsul de turno.

Así que soy un hijo de mutua, también y muy a mi pesar. Aunque nunca cantaré la puta canción. Te lo juro por Acunbaué.




Otra vez vuelvo a las andadas, y eso que mi rumbo va cambiando. Otro día habrá que hablar de los cambios en este blog.

miércoles, agosto 11, 2010

Los Datos

La vida entera se ha convertido en datos. Los números, cuyo origen está seguramente en un afán o necesidad de clasificar, de entenderse, de relación social, se han convertido en los auténticos dueños del planeta, de nuestras vidas.

Está claro que es preferible decir: "Tengo 2 pares de huevos" que decir "tengo varios huevos", "algunos huevos", "esos huevos".

Para eso, los números, son lo mejor.

Llega Pitágoras y la lía con su teorema: Que si cateto al cuadrado que si hipotenusa (qué bien se nos quedó la palabreja, ¿eh?). Y de ahí a las maquinitas estas, a mí mismo sobre este blog. Bien.



El problema viene cuando a partir de un número, de un dato, empezamos a valorar las cosas, las personas, los acontecimientos.

De pronto sale un dato en la tele: "Fallecieron en accidente de tráfico 7 personas más que en el mismo periodo del año pasado".
¿Y?

El paro ha bajado en 74.000 personas. ¿Y?

Esto ha bajado un 3% y esto otro un 5%, lo que supone un aumento del 12% de esto otro y del 2,5% de otro de otro y de otro.

Los datos así, para entendernos, no valen para nada. Luego cada uno, según su palo, le da una explicación, una valoración, normalmente a su conveniencia, o a la conveniencia del que paga.

Aquí sí es importante saber de números: no es lo mismo 1000 pavos por tertulia que 300 pavos.

Pero es que, además, la mayoría de los datos están mal. Sí, desde la puta y miserable experiencia vivida en el mundo empresarial, lo digo.

En la prehistoria ya de mis indagaciones numéricas, de mis confecciones de cuadrículas, de mi contraste de datos y de mi exploración, he visto cosas realmente extraordinarias.

La más palpable, de la que uno se da cuenta en las primeras matas, es que mientras un informe no devuelva "ceros", todo va bien.

La cifra puede ser 1.000, 2.000, 3.000, o 40.000. Todo va bien.

Pasadas las primeras matas descubres otras cosas:

Un día te piden un dato, importante, urgente. Buceas en el océano de números, etiquetas, clasificaciones que durante años se han ido almacenando.

Al principio buceas en apnea. O sea, entras en una piscina, pero pronto tienes que volver a la superficie. Normalmente porque no te dejan estar allí, o porque falla la forma de entrar, o porque simplemente cada vez que entras te encuentras una cosa distinta. Y claro, así no hay manera.

Poco a poco encuentras la forma de bajar con botella. Te tiras un buen rato por allá abajo. Entonces encuentras una gruta en la piscina que te lleva, por un canal subterráneo, a otra piscina y a otra y a otra. Y en cada sitio encuentras una cosa distinta sobre "El Dato".

Empiezas a cotejar aquí y allá:
Lo que en un sitio se llama "Patata" en otro se llama "Zanahoria". Pero da igual, te explican tus responsables: "En cada sitio se llama de una manera, pero ellos se entienden".
Entonces tú apuntas: "Patata" = "Zanahoria".
Bien.

Y sigues...

Se requiere el dato para un período de tiempo (¡ay el tiempo!, también nos propusimos medir nuestro deterioro e inventamos el tiempo).
Queremos el dato para Patata (que es igual que Zanahoria) para un Tiempo.

Al día siguiente, buceando de nuevo, pasando por los canales con facilidad, alcanzando varias piscinas sin problemas, descubres que el Tiempo en una de ellas está descrito con unos símbolos extraños y que en otra hay unos números que están en un orden distinto de los de la primera piscina.

Vuelves a consultar: "Esto está bien, siempre se ha hecho así".

Después de muchas horas buceando, cogiendo aire, rellenando bombonas, sugiriendo que haría falta un equipo más numeroso de buzos, que alguien debería arreglar lo que hay en tal piscina y otro alguien simplemente darse un chapuzón para darse cuenta de la situación, uno entiende por fin lo que querían. Porque te lo dejan bien clarito.

Primero: No vuelvas a explorar más piscinas que la tuya.
Segundo: Llama a las cosas como quieren que las llames.
Tercero: Dales un dato que no sea "cero".

Aquí está el dato, urgente, importante, el día y a la hora que lo querían.

Y cuanto más te empeñas en levantar la mano para decir que aquello está más podrido que la nevera del Yeti, más te miran con recelo, más te apuntan con el dedo.



Aquello, aquel amasijo de datos, aquella verbena, aquel puré de patatas con zanahorias ha tenido más de un cocinero y todos, en parte o en todo, están allí, delante de ti, escuchando tu sandez.

Lo más chulo es que ese dato, esa mierda de dato, se imprime en negro sobre blanco (qué ganas tenía de decir esta "moñez"), se maneja en las reuniones, se da a los medios de comunicación, se emplea en tomar decisiones, en rectificar políticas o en justificarlas.

Sí, el puto dato va a hacer que me despidan, que me aumenten el sueldo, que vendan lo verde o lo rojo, que cambien los baremos o los criterios para conceder algo, que alguien muerda el polvo y que otro suba hasta el mirador.

Los datos gobiernan. Aunque dicho sea de paso, al final hacemos todos lo que nos da la gana. Así que tampoco es para tanto. Eso sí, prefiero ser hipotenusa, puestos a elegir.