Babel

El viernes vi "Babel", por aquello de no perder el tren de la modernidad (cuando 823 personas te han dicho que está muy bien: o vas a verla o te pones en casa una de Joselito, pero algo tienes que hacer).

Se supone que la peli habla de la incomunicación o algo así o de la necesidad que tenemos de comunicarnos.
Yo, mientras veía a una japonesa sin bragas buscando desesperadamente echar un polvo con el primer clon de Julio José Iglesias que se le cruzara, sentía la incomunicación por dentro a modo de sangre hirviendo.

Me explico: Detrás de mí se sentó el típico plasta que va comentando la peli en voz alta a su mujer:
-"Se va el autobús, se va".
-"¡Claro, claro, el fusil es de él!"

Lo gracioso de estos personajes es que: cuando predicen lo que va a ocurrir no son nada originales y tiran por el camino fácil...y se equivocan.
O ya predicen cuando todos sus compañeros de sala han caído en la cuenta.
Pero ahí no acaba la cosa. También comentan la jugada: Es el "meta-análisis" de la película.
-"Ves, ves, ella le quiere", cuando aciertan.
o
-"¡Ah, claro!, la historia va y viene en el tiempo, claro, claro". Cuando no.

¡Pero este hombre dónde vive! Ya es imposible hacer una peli que no esté dando saltos continuos en el tiempo; "multidimensional"; multicultural; "multiétnica" y con un montaje vertiginoso y música descorazonadora, si no quieres que la mitad de los espectadores menores de 30 años diga: "¡Menuda mierda!".

Mientras el espectador-comentarista aturdía a su mujer a reflexiones (seguro que ella verá la peli cuando salga en DVD tranquilamente en casa, sola) pensé en ir a por un bidón de 5 litros de Cola-Loca Lais con 14 pajitas y ofrecérselo al colega con pose reverencial. Pero quizá sólo habría aumentado mi incomunicación con él al oírle sorber.

Tras chistarle una vez para que guardara silencio pensé que, cuando acabara la peli, muy educadamente, le comentaría, por si no se daba cuenta, lo molesto de su actitud, que imagino, repite cada vez que va al cine. Pero me corté.
Pensé: "Lo mismo me mete una hostia o me empuja a la primera de cambio".

Así, preferí salir del cine, tras acabar los créditos (esa costumbre odiosa que sólo tienen los "pedantes cinéfilos" como yo y que en más de una ocasión me ha hecho vivir un regusto malvado al descubrir que tras las letras continuaba la película), y comentar con mi nena el pedazo de película que acababamos de ver.

Tras todo el lío de si pasa esto y lo otro, lo que al final me quedó totalmente claro es que los que más pierden son, paradójicamente, los que menos tienen que perder. Y ése es el gran mal de esta masa de seres que formamos la humanidad.
Nos estamos quedando sin perdedores.


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