La Piscina

Ir a la piscina es un lujo. Dicen que corrige la espalda, que es buena para la circulación y que hasta duermes mejor.

Cierto.

Pero aparte de todo eso, es también una fuente de información para elucubrar situaciones curiosas y escribir relatos fantásticos (por geniales, no por irreales).

La piscina es como esos cuartos oscuros que aquel famoso comunicador insistía en recomendarme.
Primero te metes en una de las calles del vaso. Así es el lenguaje de la piscina: lo que es la piscina de toda la vida, donde está el agua, se llama vaso; y uno, a pesar de la analogía, rechina los dientes de incredulidad. Y cada zona separada por esas cadenetas de plástico de colores, como si fuera la fiesta de fin de curso de primaria, se llama calle.

Bueno, pues te metes en una de las calles del vaso (sí, voy bien) y pronto te cruzas, tocas, estorbas con otros señores y señoras de los que apenas distingues una buena napia y un poco de la chepa, según estilo natatorio.

Todos vamos con nuestros gorritos (¿por qué no se llamará esto capuchón, o funda elástica o condón?, lo digo por complicar más el lenguaje acuático) y nuestras gafas que parecemos sacados de un videoclip popero de estos guays que se llevan ahora. Sí, de gente como muy transgresora, superjipi, superdejada, superencantada de ser guay, que se pone lo primero que pilla, así informal, todo del ABC Serrano...

Vamos, que mejor meter la cabeza debajo del agua y sacarla lo justo o nunca (según pulmones).

Pues así vamos cruzándonos, tocándonos, estorbándonos, a veces pegándonos un manotazo o, peor aún, una buena patada (el estilo espalda no es de dominio público pero a la gente le encanta practicarlo) sin saber quién es quién, como en el cuarto oscuro.

A veces, tras el impacto, uno eleva la cabezota como una tortuga en celo y mira a su agresor, que sigue como si nada, o se vuelve también, como otra tortuga. Nos miramos intentando averiguar quién se esconde debajo de esas pintas (a todos nos gusta saber quién nos toca la entrepierna o el cuádriceps aunque sea fugazmente).




Pero nada, no hay nada que hacer.

Luego, en el vestuario, la ducha. Miradas torvas, asesinas o sibilinas. Nada, ni rastro. Uno allí, desnudo, sólo piensa en salir lo antes posible. No por nada especial, pero sólo piensa en eso.

Mientras te vistes, tres cuartos de lo mismo: miradas torvas, asesinas o sibilinas. Luego coges tu bolsa, te peinas un poquito y te vas con tus marcas en nariz, ojos y frente (gorrito y gafas). Así, sin más.

El culpable está a salvo, nada como un cuarto oscuro para hacer lo que a uno "se le dé la gana".

Mañana otra vez a la calle del vaso con mi gorrito y mis gafitas, a hacer un poco la tortuga. A la piscina, vaya.



Comentarios

Drea ha dicho que…
Puede que esto me quite las ganas de comenzar a ir a la climatizada a ponerme en forma...

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