Un cuento de Navidad

Se llamaba Mara e iba a ver a los Reyes Magos por primera vez. Su madre le había contado, más o menos, cómo eran estos reyes. Pero la niña no se enteraba de nada. Entre otras cosas porque no tenía ni puta idea de castellano. Apenas balbuceaba un “mamá quiero pan” o “¡nuna, nunera!”.

Mara tenía los ojos pequeños y alargados y no se parecía ni a su padre Jorge ni a su madre Raquel. Se parecía más a otros padres que hacía cuatro años habían dejado a su hija con poco más que material genético.

La niña había tenido suerte.

Sus padres le habían explicado lo de la carta a los Magos y qué era el Portal de Belén mientras ella no le quitaba ojo al turrón que había en la mesa.
Acostumbrada a pelear por la comida, no entendía cómo algo tan grande y rico podía permanecer más de dos minutos encima de la mesa.

Le habían intentado transmitir que ya no volvería a pasar hambre, frío y miedo. Pero ella no se enteraba de nada.

Una mañana, su hermana Rocío, cinco años mayor que ella, con los ojos saltones como su madre Raquel y la boca generosa en dientes de su padre Jorge, fue hasta su cama y le dijo:
-“¡Mara, que ya han venido los Reyes Magos!”.

Mara, medio dormida, saltó de la cama para acompañar a la hermana al salón. Más por el entusiasmo de ésta que por saber qué había allí.

Cuando vio todos aquellos regalos su cara se iluminó. ¡Cuántos colores!, ¡Cuántos muñecos! ¡Cuántas golosinas!

Cogió todo lo que le dijo su hermana: -“Lo que hay al lado de tus zapatos, Mara”, y se fue a un rincón.
Empezó a comer una gominola tras otra, una chocolatina tras otra, mientras sujetaba fuertemente a una muñeca-repollo a la altura de la axila.

A Rocío no le habían traído ninguna muñeca-repollo y se distraía con un juego de Magia Borrás. Que si la varita mágica que se estira; que si hay que leerse las instrucciones; Rocío se aburría un poco.

Entonces, se fue al rincón, donde su hermana seguía deglutiendo sin parar. Llevaba la varita en la mano y le dijo a Mara mientras pasaba a la acción:

-“Mira Mara, te dejo jugar con la varita mágica y tú me dejas la muñeca-repollo, ¿vale?”.

Rocío tiró de la muñeca, pero Mara, sin dejar de masticar, hizo un movimiento de codo que evitó perder la muñeca, proteger las “chuches” y de paso golpear levemente la mejilla de su hermana.

Rocío se fue llorando hacia el cuarto de sus padres al grito de “¡Má-maaaaa!”

Mara seguía con sus chocolatinas y su muñeca. Que la niña era china y pobre, pero no gilipollas.


Comentarios

Chica férrica ha dicho que…
¡Qué bonito, Truman!
Me encantó la historia, de verdad. Un cuento que a cualquiera le gustaría que le leyeran antes de dormir... Por lo menos a mí, ;)...

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