Paseando entre libros

Ir a la Feria del Libro de Madrid, si hay tiempo y coincide además que no hace mal tiempo, siempre es un placer. Más por el paseíto, el helado y el avistamiento de caras conocidas o idolatradas que por el hecho en sí de rodearse de tan maravilloso objeto.

De todo, lo que más me gusta, por kitsch, por excéntrico, son las personas, personajes quizás, que van repartiendo panfletos, o regalan poemas, o muestran sus escritos en una tablilla: Siempre pelos largos, a su aire, bohemios, locos, extravagantes.

No los tenemos demasiado en cuenta porque nos mola más el rollito escritor joven, guapo y con chaqueta tertuliana o mayor, cascarrabias y de ágil lenguaje.
Sí, también pasamos, asustados y guardando las distancias, por las casetas que "imponen" los ministerios, el "boe" o consejerías varias y sentimos más que rechazo por las que venden "tochacos": enciclopedias, libros con pan de oro o de heráldica.

También huyes del entregador de marca-páginas de una conocida operadora de telefonía: la publicidad llena hasta la arcada.

Nos gusta más ver a una ¿presentadora? ¿locutora? ¿periodista? firmando libros como el que presenta las últimas joyas diseñadas por Marina Carajo, que diseña como el que hace cuadros de miga de pan, por gusto pero a otro nivel.

Luego veo una cola: algo gratis; luego me mira un firmante solitario y me apiado de él. Aquel que se confunde con el dependiente, el que no tiene foto ni casi nombre y que te mira como diciendo: "¡Venga, conóceme!". Pero no, no me suena. La caseta, inundada de libros de dragones, tampoco ayuda.

En la feria, Panero se siente, imagino por su gesto, nuevamente encerrado. Por eso saluda y sonríe a los que lo hacen desde el otro lado del mostrador.
1000 euros cuesta traerle, dice un gestor de la caseta a alguien que reclama saludar al poeta (quizá por amistad anterior) de manera más cercana.
Pero no, el poeta debe seguir firmando para rentabilizar el contrato cárnico.

Cuenta Calamaro en su blog que le vio. Yo también a ambos, en mágica carambola con sabor a cigala con las patitas muy fritas. A Andrés le saludé para agradecerle sus canciones y él, cariñoso, me devolvió las gracias y saludo afectivo.



A Leopoldo le dejé en paz, con su enajenación, esta vez justificada (¿y cuándo no?), con sus pitillos encendidos uno tras otro. Consumiendo muerte adrede, encontrando en su castigo la liberación del que sólo tiene en su fumeteo ejercicio de la libertad.

Entre tanto impostor a letrista que encuentro en el ferial me da un enorme placer encontrarme a estas personas.


Tanto como a Cándida Villar, la asistenta de los Fesser convertida primero en crítica de cine, luego en actriz y ahora a recetadora formal en un libro de cocina. Esta mujer, salvada de su propia biografía, me mira feliz y vivaracha.
-¿habéis visto la película?...fíjate que yo no había hecho nada de eso y ha salido una cosa buena, ¿eh?-suelta.

Lo que digo, me quedo con los locos.



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