Guardando las distancias

Lo hacen hasta los mosquitos que se cuelan en mi baño. Pulalan, revolotean incluso acosan, pero guardan las distancias.
Nosotros no. Nosotros nos metemos en la boca del lobo, nos rodeamos, tomamos café con ellos y hasta les reímos las gracias (que ni puta gracia).

Bajamos con ellos en el mismo ascensor; les damos los "buenos días" aunque sólo nos devuelvan un carraspeo; les respondemos a sus correos aunque siempre olviden responder a los nuestros; les informamos de todo aunque ellos nos informan de lo justo, mal y tarde.

Nosotros vamos a reuniones que sólo están hechas, convocadas, para ellos, para que justifiquen horas o para enseñarnos no sé qué galones o para decirnos básicamente sandeces.
Incluso aceptamos ir a las cenas que montan para que el director general se cueza y toque tres culos y coma cuatro orejas. Y en el fondo para que se sientan queridos.

Cumplimos horarios, estrictamente o siempre de más, mientras les vemos aparecer a la hora que les sale de los huevos: ¡Ah, que tienen que llevar a los niños al cole! (los demás no tenemos niños); ¡Ah, que vienes de un cliente! (que acaba de llamar para preguntar si ibas a ir hoy); ¡Ah, que se te ha muerto tu quinta abuela o el hámster! (para el caso que le hacías a ambos...)

Así está montado este tinglado: Todos revueltos.
Ni siquiera hacemos como el pingüino que, intuyendo la presencia del pinnípedo asesino (asesino para él, claro), echa a andar a su ritmito torpe (a nuestros ojos) y evita que la mole le hinque el diente (o el colmillo).


Nosotros no. Nosotros vamos a sus brazos cuando les vemos salivar. Apelamos a no sé qué orgullo para intentar volver a demostrarles que valemos, que estamos de su lado, que les queremos. Sin saber, sin darnos cuenta, de que son de otra especie, no nos entienden, sólo se entienden entre ellos.

Por eso vemos ilógico y ellos tan lógico que Manuel Clavapuñales sea ahora ascendido a gerente y Víctor Rebabosa a director. Que viene a ser como cuando a un capitán le suben de puntas en su estrella por no sé qué méritos en una guerra.

O que el comercial Luis Melostoco Adosmanos trinque comisión por lo que nos curramos los demás en concepto de no sé qué labor de captación, fidelización o pollas en vinagre (válgaseme el improperio) realiza con un cliente que comenta a sus espaldas lo tonto que es.

Y mientras, nosotros, demostrando a unos y a otros; adaptándonos a cambios de horario; sometiéndonos a trescientos procedimientos de aprobación de vacaciones (no te saltes ninguno ni lo dejes en manos de ningún supervisor, que usarán luego éstas para abofetearte según convenga); intentando caer bien al personal, incluso tratando con cariño a la máquina de sándwiches (de qué son, por cierto, de salsa, ¿no?).

Nosotros tenemos que estar a todas y ellos a ninguna.

Y siendo todo esto así. Estando todo esto tan claro. Me pregunto, casi retorciéndome la muñeca para que duela, ¿por qué no guardaremos las distancias con estos hijos de puta?

¿Por qué?



Comentarios

Cabalitasumare ha dicho que…
Deberían enseñar en la escuela a salvar esas distancias. ¿O quizá enseñen a lo contrario?

Habrá que luchar contra ello.
Truman ha dicho que…
Habrá que luchar, cabalitasumare, habrá que luchar.
Gracias por el comentario.
En la escuela se sigue premiando eso que llaman éxito, objetivo, etc.
En lugar de premiar la sensibilidad y la bondad. Parece que la única obsesión es formar gente que pueda contratar una empresa. En fin...

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