La sonrisa del chino

Corría un chino (un chico de rasgos orientales, vaya). Cruzó la carretera por donde no debía y pasó delante de mi automóvil (un coche, vaya).
La mirada fija en algo que había a lo lejos. Al girar con mi coche lo vi.
El chino corría vaciándose, con esa fuerza con que corremos cuando sabemos que unos metros nos separan de la gloria y queremos alcanzarla. Una victoria cotidiana que nos alegrará a pesar de los jadeos posteriores y alguna que otra tos. Perdía el autobús.

Las luces de emergencia y su posición en el espacio reservado a la parada evidenciaban que algunos segundos de margen había. El chino corría al sprint.
Yo avanzaba con mi coche acercándome al autobús cuando éste puso el intermitente para incorporarse a mi carril: El chino se quedaba sin victoria, perdía vaya. Jadearía sí, pero pasmado de frío durante largos minutos alrededor de la marquesina.

Como conductor cortés que soy, cuando no descortés, me hubiera cambiado de carril para facilitar la maniobra al autobusero o hubiera levantado el pie del acelerador o incluso habría frenado un poco para apoyar, discretamente, al transporte público.

Pero yo estaba con el chino, con su carrera y su decepción. Había llegado a las puertas pero el conductor ya estaba pensando en otra cosa. Así que aceleré para obstruir la salida al autocar, que tuvo que frenar.

Vi por el espejo retrovisor cómo el chino (el chico de rasgos orientales, vaya) golpeaba con sus nudillos las puertas del autobús, cómo éstas se abrían y cómo él desaparecía en el interior.

Yo llegaba a una rotonda, que tomé suavemente mientras una sonrisa se dibujaba en mi cara, también de chino (había dormido poco y tenía los ojos pegaítos).

Comentarios

Drea ha dicho que…
Qué historias cuentas a veces!!
Anónimo ha dicho que…
Pues a mí me ha encantado! Es la típica pequeña proeza diaria que hace que te sientas bien el resto del día, tanto si eres el chino como si eres el truman. Uno de esos detalles que hacen que las cosas importen.

Withthat

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