El partido de fútbol

Podría ponerme sentimental, como Antonio en esta entrada "Me gusta el fútbol", pero no me sale.

Hoy he ido a jugar mi partidito semanal de fútbol, fútbol-sala, tras una pequeña lesión en el tobillo, ningún entrenamiento en varios días (o semanas o meses) y una jornada anterior maratoniana de bares.

Eran las diez y media de la mañana, el sol se aseguraba de lesionarme la vista (a pesar de mis generosas pestañas y mis párpados de boxeador) y a la vez me recordaba que el principio de deshidratación no tenía nada que ver con el tiempo de exposición o la falta de líquidos prolongada, sino que se podía manifestar así, sin más.



Estaba sentado en el suelo, al lado de las bolsas de deporte, mientras mis compañeros jugaban ya la segunda parte, a veces mal a veces regular y esperaba mi turno para saltar de nuevo a la pista y por la pista, cuando, de pronto, he sufrido una crisis existencial.

-¿Qué cojones hago yo aquí?-he pensado casi en voz alta.
-El sol cascando, reventado con dos carreras que me he pegado, muerto de sueño...¿qué cojones hago yo aquí?

Me he visto a mí mismo desde un plano cenital, de esos que empiezan con una imagen del planeta y se van acercando rápidamente hasta quedarse a 20 metros del suelo. Ahí estaba yo, sudando sin merecerlo, la camiseta.

Me ha sacado de mi enajenación la voz traicionera y ronca del míster, que siempre te dice que salgas sin previo aviso, lo cual te hace parecer torpe y despistado cuando te incorporas al partido.
Ahí he tenido que bajar a la realidad e intentar hacer un papel digno, reservando fuerzas para no colapsarme.
-Sube-me dice nuestro delantero. Paradojas que tiene la vida. El chico se tira todo el partido corriendo de acá para allá, sin mucha cabeza pero con mucho corazón y cuando salgo yo, siempre me dice que suba mientras él se recupera en una posición menos extrema.

Y yo subo, despacito e intentando desentumecer mis olvidados músculos. Pero claro, a las cuatro o cinco zancadas ya no puedo más. Entonces intento jugar con picaresca y robar algún balón o devolver algún que otro pase. Desmarcarme (soy de los pocos que se desmarcan) o estorbar al portero en los córner.

En los escasos tres minutos que el entrenador me mantiene en el campo no dejo de escuchar al portero increpar a unos y a otros. No es que grite para mejorar nuestra posición ni para advertirnos que algún contrario está libre de marca sino que nos echa la charla, como si al final de cada frase quisiera añadir: "...¡inútiles!".
Lo hace continuamente, sin descanso, incluso cuando el adversario tira a puerta y mete gol. A mí me gustaría decirle que me encanta que nos grite pero que cuando vea que van a tirar a puerta se concentre un poquito, pero no se lo digo, porque no voy yo al fútbol a discutir ni a corregir comportamientos.

-Árbitro, cambio-grita el míster.
-Hágalo-dice el colegiado.
-Truman-y yo salgo del campo. Siempre que piden cambio sé que tengo muchas papeletas para ser yo, así que no me pilla desprevenido. Me pongo mi chaqueta para no enfriarme y me siento en el suelo.

Entonces veo cómo mis compis suben en una jugada de forma desordenada y luego pierden el balón y no bajan y el portero sigue con sus aspavientos y gritos y la jugada termina en gol. Y unos se echan en cara a otros el decepcionante final de su ataque.

Sigue el juego y empiezan las protestas al árbitro, más airadas según va llegando el final del partido. La frustración se apodera de nuestros jugadores que ven que el partido se les escapa.

-Truman-dice el míster. Y vuelvo a salir por uno que está con la cara roja y el jadeo propio del fumador empedernido. Difícil papel me toca. Perdemos de un gol y casi no queda tiempo. Empiezo mi tarea muy motivado, animando al resto con arengas y palmas:
-Vamos, que todavía se puede. ¡Vamos, vamos!

Su portero saca de puerta, arranco un sprint hacia el receptor de la bola que, nervioso y sorprendido, pierde ante la presión. El balón va a parar al pie de un compañero. Ése que casi nunca mira quién hay para pasar o hacer un amago de jugada y que en numerosas ocasiones acaba perdido en sus propios regates rodeado de contrarios en un rincón del terreno de juego. El chico no se lo piensa, chuta fuerte y mete gol.

Hemos salvado el partido. Yo me alegro más que nadie, pero nadie me felicita por mi labor. Sólo miran y jalean al goleador.

No se dan cuenta. Todos somos importantes y todos somos respetables. No es bueno ni conveniente para una convivencia sana que unos, creyéndose más importantes o duchos, menosprecien a otros que en otras disciplinas les superan o incluso que en aquellas en las que parecen estar en desventaja, lo están sólo por decoro, mera cortesía o accidentalidad.

Por eso, he resuelto que cuando madrugo y me casca el sol y estoy cansado o me dicen que "suba", lo hago pensando que todos tenemos un huequito en estos partidos de fútbol y sintiéndome feliz por haber caído en la cuenta. Aún sabiendo que los verdaderos protagonistas siempre serán los que meten goles y los que hablan de más.




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